Santiago Álvarez, doctor en Economía Internacional: “Debemos tomar conciencia de que somos seres ecodependientes”


Santiago Álvarez Cantalapiedra./Foto: Irene Lucena
Santiago Álvarez Cantalapiedra./Foto: Irene Lucena

El salón del colegio Santa Victoria está con medio aforo cubierto, y no es un mal dato para ser viernes por la tarde. Hay quienes han preferido comenzar el fin de semana escuchando a Santiago Álvarez (Valladolid, 1967) , que es autor del libro ‘La gran encrucijada. Crisis ecosocial y cambio de paradigma.”, publicado por la misma Hermandad Obrera de Acción Católica  (HOAC) que le ha traído a Córdoba. Un libro que es una meditada reflexión, enriquecida con datos, sobre el mundo en el que vivimos y los retos que tenemos por delante. Sobre todo el gran reto: el cambio climático, que en opinión de Álvarez es producto de varias crisis que se relacionan entre sí y se retroalimentan.

Santiago Álvarez es doctor en Ecomomía Internacional por la Complutense,  director del FUHEM Ecosocial y de la revista Papeles de relaciones ecosociales y cambio global. Miembro del consejo editor de la colección de libros “Economía Crítica & Ecologismo Social” y del consejo de redacción de la Revista de Economía Crítica. Y un optimista informado, o sea, un pesimista. Pero esperanzado, como nos confesará en esta entrevista en la que, a pesar de los caminos ciertamente abismales por dónde hemos llevado al planeta, Álvarez mantiene la fe en el ser humano y su capacidad para reaccionar.

 

– ¿Qué es la crisis ecosocial?

– Bueno, me gusta caracterizarla en términos de combinación de muchas crisis.  Es a crisis de las muchas crisis, podríamos decir. Porque tiene una dimensión estrictamente ecológica, pero también social, con aspectos políticos y económicos que a su vez incluye, y afecta al plano productivo, reproductivo, del soporte biofísico de la vida. Y se muestra no solo a escala local, donde vemos esa crisis en los procesos  de degradación de hábitat, de recursos, de la calidad del aire y de los suelos, sino también en un plano global, mundial, en el que vemos problemas de la envergadura, por ejemplo, del cambio climático. Entonces la crisis ecosocial es en realidad una convergencia de crisis que están profundamente interrelacionadas, que no se suman, sino que se interrelacionan, retroalimentándose y reforzándose entre ellas. En este sentido, es muy afortunada la apreciación que hizo el Papa Francisco en su encíclica Laudato Si cuando señalaba que no se trata de dos crisis separadas, una social por un lado y una  ecológica por otro, sino de una única crisis ecosocial cuyos efectos se retroalimentan y cuyas causas son las mismas. Tienen por tanto un origen idéntico.

– Cuando habla de cambio climático es llamativo que con este asunto encontramos opiniones polarizadas. ¿Puede ocurrir  porque a veces el discurso es más ideológico que ecológico?

– Probablemente. Si el cambio climático, que es un hecho sobre el que existe toda la evidencia científica y que sería absurdo discutir sobre su existencia, gravedad y el acortamiento de los plazos, se traduce, siendo una amenaza que afecta al conjunto de la humanidad, en una bandera partidaria y se interpreta en términos ideológicos como es posible que, en buena medida, se pueda estar haciendo, estamos incurriendo en un profundo error. Un error, por no afrontar y asumir en toda su radicalidad lo que es una amenaza existencial que a la que tenemos que enfrentarnos sí o sí, porque no nos queda otra.

– Y dentro de esa evidencia científica que señala, también hay diferentes puntos de vista: quienes lo ven como un proceso natural y los que ponen el foco en la actividad humana como causa.

– Sí, pero de nuevo viene a ser una cuestión sobre la que en el plano científico no hay ninguna discusión. Es decir, el cambio climático crece y su origen es antrópico. Y es así. El discurrir el debate  al campo ideológico es lo que hace que sobre las evidencias científicas se ponga en discusión lo que ya la ciencia nos ha mostrado de forma contundente. Hay una desestabilización del clima y todas las políticas ideológicas, obviamente, son un punto de apoyo sobre el que sostener una argumentación u otra. Si se viene contemplando la larga historia del planeta, ciertamente, ha habido procesos de calentamiento y de enfriamiento y nosotros estamos ahora en una fase, por los tiempos geológicos que son de millones de años, de calentamiento. Pero cuando se habla de cambio climático, de desestabilización del clima, no se hace de ese calentamiento de tipo geológico que se produce por procesos naturales, sino de un proceso inducido por la actividad del ser humano, por los modos de vida, por sus modos de producción y consumo, que en un periodo relativamente corto- que es un parpadeo para la larga historia de la Tierra y el cosmos-, desde el inicio de la Revolución Industrial hasta nuestros días, en un proceso que se acelera fundamentalmente a partir de la segunda mitad del siglo XX, se produce una concentración inusitada de gases de efecto invernadero que provoca ese fenómeno natural e incrementa la temperatura promedio del conjunto del planeta. Y eso, cuyo origen está en los modos de vida de la civilización industrial capitalista, la ciencia nos muestra que se está produciendo, obviamente, generando un efecto invernadero que es un proceso natural pero que no es consecuencia de los procesos naturales que se han producido reiteradamente a lo largo de la historia geológica de nuestro planeta, sino que es como consecuencia de un periodo de tiempo reducido vinculado a los modos de vida de la civilización industrial capitalista. Sobre esto hay evidencia científica y lo demás, más que incluso ideología, podríamos decir que es mala fe para engañar a la gente sobre la gravedad del problema. Un problema cuya gravedad supone la principal amenaza existencial tal y como reconocen todos los foros internacionales de todo el espectro ideológico del mundo. Porque hasta el propio Foro de Davos, que podría ser, digámoslo así, un espacio donde pudieran llegar a arraigar algunas de las corrientes escépticas e incluso negacionistas, pone en su último informe que el principal riesgo o amenaza existencial de la humanidad en el momento presente es precisamente el cambio climático, que no deja de ser una de las manifestaciones de esa crisis ecosocial a la que me estaba refiriendo.

Hay una desestabilización del clima y todas las políticas ideológicas, obviamente, son un punto de apoyo sobre el que sostener una argumentación u otra.

– Nos habla usted de ‘los modos de vida de la civilización industrial capitalista’ como si China o la extinta Unión Soviética no hubieran contribuido a esto…

– ¡Uy! ¡En una medida impresionante! Lo que pasa es que, claro, la extinta Unión Soviética y todos sus satélites ya no existen, y es muy dudoso poder considerar una sociedad comunista o diferente al capitalismo a lo que es la China actual. Porque la China actual es una economía perfectamente integrada, ya no en la Organización Mundial del Comercio y en el conjunto de organismos internacionales, sino porque el motor de su economía es la propiedad privada y las empresas privadas.

– Nos hemos centrado en la parte ecológica, pero en esta crisis ecosocial  pone el acento en dos aspectos también importantes como son la involución social y el vaciamiento democrático. ¿Qué entiende por involución social y qué supone para usted ese vaciamiento democrático?

– Como he comentado, esto no es una sucesión de crisis que se van yuxtaponiendo unas a otras sin apenas relación entre sí, sino que están profundamente relacionadas. Entonces, las quiebras sociales van muy de la mano de las quiebras medioambientales que estamos provocando como consecuencia de nuestros modos de vida. Y entre esas quiebras sociales se produce una reacción que lleva a que, cuando se rompen, por ejemplo, vehículos sociales o se producen procesos de individualización que debilitan profundamente la vida de la gente, y esa reacción lleva a otras. En esas dinámicas son las que nos estamos moviendo.  Y estamos percibiendo dinámicas de involución social en muchos planos, Por ejemplo, cuando se producen amenazas vehiculadas a desplazamientos de población, nuestra reacción inmediata es tratar de cerrar fronteras. No vaya a ser que esas poblaciones tratadas injustamente bien por un conflicto armado o como consecuencia del deterioro de sus condiciones de vida por los procesos del calentamiento global, vengan al sitio donde nosotros estamos. Nuestra reacción inicial es tratar de contener ese movimiento elevando vallas en las fronteras o tratando de militarizar las zonas de tránsito. O subcontratando a otros estados para que controlen esos flujos de población. A ese tipo de involución me estoy refiriendo, que se da en muchos planos: en el jurídico, en el político-militar y también en una cierta involución en el ámbito de la cultura y las ideas.  Y suele ser siempre un signo que suele venir asociado a momentos convulsos, a momentos de crisis donde, por un lado, se producen grupos sociales que tratan de afrontar o resistir frente  a las consecuencias de esas situaciones convulsas y también hay una reacción por grupos  más situados en posiciones de poder que pretenden conservar ese statu quo a pesar de que puedan originar otros problemas.

Las quiebras sociales van muy de la mano de las quiebras medioambientales que estamos provocando como consecuencia de nuestros modos de vida.

-Habla usted del individualismo, curiosamente, en una sociedad-red hiperconectada. Conexión, y participación que no han fomentado una mejor calidad democrática, según nos dice.

– Es una paradoja. Cada vez tenemos más conexiones, pero también  nos sentimos más solos. Cada vez tenemos más información pero entendemos menos.  Este conjunto de paradojas van muy de la mano con la irrupción de las nuevas tecnologías que configuran parte del orden social en el que nos encontramos. En uno de los capítulos hablo del ‘capitalismo digital’, y con él  lo que quiero es señalar los rasgos de lo que viene a ser el nuevo orden emergente que vivimos en la actualidad.

– ¿No es ese el verdadero cambio de paradigma?

– Sí, en buena medida es un elemento que trastoca muchas cosas, porque con las tecnologías digitales hemos entrado en lo que llaman la sociedad del conocimiento, pero lo que resulta es que, como he señalado antes,  a pesar de que disponemos de mucha más información cada vez comprendemos menos. Y además tenemos la impresión de que existe un proceso de vaciamiento democrático, en la medida en que las mismas tecnologías que nos ofrecen enormes oportunidades de estar conectados sin embargo se convierten en un foco de vigilancia enorme sobre las personas y eso genera cierta sensación de inseguridad.  Antes hablábamos de China… Con la extensión del virus reciente hemos visto cómo se estaba controlando a la propia ciudadanía con drones que eran capaces de monitorizar a las personas en las ciudades. Y esto es así precisamente debido a unas sofisticadas nuevas tecnologías que procesan cantidades ingentes de información al tiempo que permiten vigilar un hecho como la expansión de una epidemia y pueden suponer un elemento de control social incalculable que ponga en solfa derechos y libertades fundamentales de los individuos. Y el gran reto ante el capitalismo global es poder situar esta tecnología y esta dinámica en su lugar adecuado regulándolo convenientemente en función del bien común.

Santiago Álvarez Cantalapiedra./Foto: Irene Lucena

– ¿Qué es la vida buena?

– Esa es una pregunta que nos deberíamos hacer todos y todas y que deberíamos exponer colectivamente. Ante los retos que tenemos planteados lo que tendríamos es tratar de que no se sacrifique a nadie por los privilegios que unos pocos quieran tener y que se garantice la sostenibilidad del planeta. Entonces, una vida buena es una pregunta que nos debemos hacer pero no contestar en nombre de nadie. Plantearlo como un elemento de conversación social. La vida buena que podamos definir entre todos y todas, sin exclusiones, para garantizar una sociedad justa y sostenible. Yo diría que una vida buena será aquella que nos permita desarrollar las capacidades y libertades de las personas y aprovechar las oportunidades pero sin menoscabo de las capacidades y libertades de otras personas, y sin llegar a cargarnos el planeta. A partir de ahí, el contenido a ese marco será el que decidamos todos y todas sin que nadie nos lo pueda imponer. Pero podremos ver algunas cosas que identificamos como vida buena y que no lo son, porque en realidad son privilegios que excluyen a buena parte de la población mundial o que suponen un precio que no puede pagar este planeta porque no dispone de los recursos ni de los servicios ambientales que le estamos exigiendo.

– En su libro reflexiona sobre el papel de las religiones. Según usted ¿qué pueden aportar éstas en la búsqueda de soluciones a los retos que se nos plantean?

Pues mira, yo resalto ahí – y viene un poco al hilo de lo que estábamos comentando anteriormente- que tenemos, no un problema de información, sino de saturación de la misma que nos impide un poco ver lo que está ocurriendo. No sucede lo mismo con el conocimiento, aunque andamos algo más justos que de información.  Pero de lo que estamos necesitados es de sabiduría, es decir, de poder identificar aspectos que son fundamentales para dar respuesta a los problemas que tenemos. Y entre la sabiduría yo sitúo a las religiones. Creo que estamos muy necesitados de lo que podríamos denominar ecosofías  y estas son las religiones. ¿En qué sentido? Pues en el sentido de que el término ‘religión’ está emparentado etimológicamente con ‘religar’, por lo que la propia experiencia religiosa consistiría, básicamente, en la conciencia y en la vivencia de la vinculación y de la dependencia. Eso es lo que necesitamos: tomar conciencia y vivencia  de que somos seres interdependientes y ecodependientes.

Estamos necesitados es de sabiduría, es decir, de poder identificar aspectos que son fundamentales para dar respuesta a los problemas que tenemos. Y entre la sabiduría yo sitúo a las religiones.

– Curiosamente en una sociedad que también se caracteriza por la secularización…

– Bueno, en una sociedad como la nuestra. Pero si uno mira el planeta, resulta que eso de la secularización tiene distintas traducciones según a qué zona o continente nos refiramos. No hay que olvidar que la mayor parte de la humanidad, de manera porcentual, sigue siendo población creyente. Y las sociedades más ricas, o la europea – porque ni siquiera en la norteamericana está muy claro el proceso de secularización- son sociedades profundamente secularizadas. Bien, pero aun cuando esto sea así, lo que decimos es profundamente compatible, porque cuando me refiero a la necesidad de hacer uso de esas ecosofías que nos muestran cual es nuestra condición de seres interdependientes, nuestro papel en el planeta y nos sitúan en el ámbito de la naturaleza como parte de ella, también me refiero al papel que pueden tener las artes o las culturas campesinas. Y esos son elementos que son perfectamente compatibles con las religiones y con los aspectos de una sociedad secularizada. Una sociedad laica es una sociedad plural donde está presentes las religiones. No es la negación de la cultura y de la experiencia religiosa.

– Vivimos tiempos inciertos y usted señala que “el futuro está abierto”.  ¿Es usted optimista o pesimista de cara a ese futuro?

– Yo soy muy pesimista. Lo que defiendo, sin embargo, es un pesimismo esperanzado, y me explico: soy muy pesimista porque lo que nos está mostrando la ciencia y las distintas comunidades científicas, a través de distintos informes y advertencias desde los años 70, es que no disponemos nada más que de esta década para poder afrontar con toda la radicalidad el desafío que nos ha planteado el cambio climático. Y como los cambios que se están poniendo encima de la mesa, y los resultados de las distintas conferencias internacionales, son enormemente decepcionantes en relación con el desafío que tenemos planteado, soy muy pesimista respecto a la capacidad que estamos mostrando como seres humanos para afrontar este problema. Pero al mismo tiempo digo que este pesimismo nos debe servir para despertar y ponernos las pilas, por eso mantengo la esperanza. Muchas veces el optimismo es una banalización de la esperanza que además nos impide afrontar con esa radicalidad que digo el problema en el que estamos, porque siempre pensamos en la ilusión de que habrá algo que nos resuelva un problema como si se tratara de un asunto de ingeniería,  en el descubrimiento de una nueva fuente energética o en la llegada de una nueva tecnología que capture el CO2. Soy pesimista pero esperanzado porque creo que el ser humano tiene la capacidad para responder de una forma justa y bien adecuada a este desafío.

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