Manuel Torres y Carlos Echevarría: “La manipulación informativa no es solo una guerra de ideas, sino que tiene la capacidad de transformar la realidad”


Los autores de “Desinformación. Poder y manipulación en la era digital” han presentado su libro en Córdoba.

Carlos Echevarría y Manuel Torres./Foto: Irene Lucena

En el siglo V a.C., el militar Sun Tzu sostenía en su conocido Arte de la guerra que «el principal engaño que se valora en las operaciones militares no se dirige sólo a los enemigos, sino que empieza por las propias tropas, para hacer que le sigan a uno sin saber a dónde van”. Este estratega y filósofo chino está considerado como un pionero a la hora de postular sobre el papel fundamental de la desinformación aplicada a la guerra. Muchos siglos después, la desinformación está presente en las guerras y no solo en las militares, sino en las civiles y cotidianas.

El Instituto de Seguridad y Cultura es una asociación sin ánimo de lucro que promueve la prevención del extremismo violento y la investigación sobre seguridad y defensa. Regularmente acerca a Córdoba interesantes ponentes que nos ilustran en este sentido, en muchos casos alejados del buenista discurso mayoritario y que plasman una cruda realidad, desagradable y peligrosa, pero que es imprescindible conocer para que la enfermedad no se extienda cuando ya sea demasiado tarde. En esta ocasión han venido con un libro bajo el brazo: “Desinformación. Poder y manipulación en la era digital”, editado por Comares y en el que han participado seis autores coordinados por Manuel Torres (Mengíbar, Jaén, 1978), profesor titular de Ciencia Política en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Otro de los autores que acude a la presentación es Carlos Echevarría (Madrid, 1963), profesor de Relaciones Internacionales de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UNED y profesor del Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado de la misma universidad. En ambos casos, presentarlos solo como profesores es algo tremendamente escaso para el currículum que poseen.

La obra se completa con los trabajos de David Alandete, Guillem Colom Piella, Nicolás de Pedro y Vicente Vallés, que escriben los enfoques estadounidense y ruso en la guerra informativa; la injerencia rusa – en parte personificada por Putin- contra Occidente y la Unión Europea o cómo la desinformación agravó la crisis de la independencia catalana. Nuestros entrevistados reflexionan sobre el mito de Al-Ándalus y cómo este es utilizado para alimentar, entre otras cosas, el veneno del yihadismo. Porque usted, seguramente, lea esta entrevista en el pacífico rincón favorito de su hogar, pero que no le quepa duda que ahí fuera, en la red que le permite leernos, se está librando una guerra con muchas batallas cuya arma principal es la manipulación.

Carlos Echevarría./Foto: Irene Lucena

 

– Si la información es poder, ¿qué es la desinformación?

– Carlos Echevarría :  La desinformación es poder también. Es informar de manera errónea y manipulada. La definición más correcta la tiene Manuel Torres (coordinador del libro) que yo. Aunque es evidente:  en el mundo en el que creemos que podemos consumir información veraz y en cantidades ingentes, muchas veces lo que estamos consumiendo es desinformación. Estamos siendo manipulados creyendo que estamos recibiendo información que nos permite tener un conocimiento más profundo de las cosas, y en realidad ese conocimiento está manipulado y tergiversado.

– ¿ Y qué entes, medios, gobiernos o corporaciones están detrás de esa desinformación y por qué les interesa aplicarla?

-CE:  Hay actores estatales y no estatales. Esa es la característica de nuestro tiempo. En otro tiempo eran sobre todo los estados los que, en un contexto de tensión, de conflicto ideológico -la Guerra Fría, por ejemplo- frente a otros estados y otro bloque, alimentaban la desinformación. Hoy en día hay estados que lo hacen y actores no estatales, en ocasiones, más poderosos que los propios estados.  Y esa dinámica nos invade en la era digital. Tiene un alcance global y genera enormes daños que en muchos casos no somos conscientes de que se producen.

La dinámica de la manipulación nos invade en la era digital. Tiene un alcance global y genera enormes daños que en muchos casos no somos conscientes de que se producen.

– ¿Uno de esos daños es, o puede ser, la polarización de la población?

– CE: Sin duda. Ahora es más fácil y en menos tiempo que colectivos humanos adquieran posiciones generadas por la desinformación. Es decir, posiciones manipuladas, proactivas y violentas. Eso lo vemos, por ejemplo,  en la dinámica nacionalista y secesionista. También en el mundo del yihadismo, en el que, aunque se arrastra desde atrás la desinformación desde los estados y  otros ámbitos ideológicos, hoy en día es más fácil llegar más lejos y a más gente. Hemos tenido el caso del Estado Islámico, que ha ‘vendido’ un producto que ha sido y sigue siendo enormemente atractivo, y que se basa entre otras cosas – y mi capítulo abunda en ello- en una manipulación de referentes, de mitos, que como son movilizadores (la religión y la idealización) pues hace que personas sin distinción de género, nivel social o incluso cultural, se vean arrastradas por esa campaña de información/desinformación.

Carlos Echevarría al fondo de la imagen./Foto: Irene Lucena

– Ya que habla de su capítulo, me gustaría preguntarle si escribir sobre Al-Ándalus no puede despistar un poco al lector en este contexto de era digital, porque no deja de ser una figura histórica del pasado.

– CE: Es un periodo histórico que está cargado de riqueza. La historia siempre es rica. Pero Al-Ándalus tiene el carácter de mito que ha sido explotado históricamente, y en el capítulo lo describo, en otros tiempos por nacionalistas árabes (progresistas, socialistas, poetas). La propia clase política y cultural española ha mitificado Al-Ándalus como algo que era, digamos, un marco especial en el que sucedían cosas extraordinarias. Cuando en realidad, ese periodo que podemos calificar en términos temporales y geográficos como Al-Ándalus, son varios siglos en los que existen los típicos tiras y aflojas entre distintos actores, con momentos benignos y momentos malignos. No es en absoluto un período excepcional aunque si singularizamos la Mezquita catedral de Córdoba, la Alhambra y la Escuela de Traductores de Toledo, pues se transmitía entonces y se hace ahora de que fue algo excepcional. Fue un momento de nuestra historia y no sólo de los españoles: también de los portugueses y los franceses. Lo que ocurre es que tiene una capacidad de atracción enorme. Y hoy principalmente de la mano de grupos yihadistas: Al Qaeda y Estado Islámico. Es una mitificación equiparable a la de Palestina o Cachemira.

– Incluso, salvando las distancias, comparable a los mitos del nacionalismo vasco.

CE: Evidentemente. Los nacionalismos catalán y vasco, los movimientos secesionistas, se inventan también la historia, es decir, extraen una serie de elementos que se convierten en referentes para comunidades humanas que se ven influidas por estas campañas de desinformación y que al final arrastra a las masas. Y de qué manera…

– Parece que solo somos receptores pasivos, pero entiendo que deberíamos también tener una responsabilidad a la hora de clasificar, de discriminar la información que nos llega.

– CE: Ese es el mundo ideal pero sabemos que no es así. Porque incluso afectando a personas formadas, y muy formadas -con categoría académica muy elevada-  al final de lo que se trata es, a través de las herramientas de la desinformación, de instrumentalizar un mito. El mito es una construcción cargada de artificio y que va a directamente a la sensibilidad. En el caso religioso, hacia la sensibilidad del creyente. En el nacionalista, la creencia y la religión es la nación, el estado ideal que quieren construir. Las herramientas de la desinformación lo que permiten es que todo eso genere en poco tiempo, como hemos visto por ejemplo en el caso de Cataluña, una obnubilación colectiva que hace que individuos de una sociedad estén dispuestos a ir muy lejos para alcanzar ese objetivo.

Las herramientas de la desinformación lo que permiten es que se genere en poco tiempo, como hemos visto  en el caso de Cataluña, una obnubilación colectiva que hace que individuos de una sociedad estén dispuestos a ir muy lejos para alcanzar un objetivo.

– ¿Es el yihadismo, junto con los nacionalismos, el nuevo enemigo que nos toca combatir?

– Manuel Torres: En el caso del yihadismo, por desgracia, no me atrevería ya ni a llamarlo nuevo, porque lleva tanto tiempo con nosotros como problema que al final casi forma parte del paisaje, y a veces ha sido incluso uno de los riesgos el hecho de que la opinión pública perciba la amenaza en función de la inmediatez. Cuando dejan de suceder incidentes terroristas y la prensa trata menos este fenómeno se traslada a  veces la percepción errónea de que ha pasado a un segundo plano, de que ya no tiene tanta relevancia. Y el riesgo está en que si, desafortunadamente, sucede algún tipo de ataque, es como volver de nuevo al inicio. La gente vuelve a preguntarse por qué y de dónde sale. La principal fortaleza de una sociedad frente al terrorismo es la resiliencia. Tiene un enorme coste humano y emocional, pero no es una amenaza existencial. No va a colapsar nuestra forma de vivir ni va a impedir que desarrollemos nuestras vidas siempre y cuando no respondamos de manera desproporcionada. Es un problema que requiere mucho tiempo para abordarlo y contenerlo.

Manuel Torres./Foto: Irene Lucena

– ¿Cómo utilizan la desinformación los grupos yihadistas y para qué?

– MT: Ellos, al igual que otros actores, encuentran en la manipulación de la información un instrumento para obtener sobre todo ventaja en el corto plazo. Aunque los terroristas son conscientes de que ser percibidos como un actor creíble es algo que les beneficia – porque aumenta el poder coactivo de sus amenazas, o pueden presentarse como una parte más dentro de un conflicto de igualdad y legitimidad que el Estado y  la sociedad- a veces caen en la tentación de que la mentira les da un rédito inmediato por el cual optan, aunque eso dañe su reputación en el largo plazo. Y optan por la desinformación, por ejemplo, para tratar de compensar retrocesos o daños que pueden sufrir por la detención o muerte de líderes, o falta de capacidad operativa. Lanzar informaciones manipulativas sobre atentados que no han llevado a cabo o amenazas que no pueden consumar. Son tipos de noticias que les dan relevancia y les permite a veces salir de ese bache circunstancial que para ellos puede ser problemático. Además utilizan también la desinformación para exagerar sus capacidades y que la gente los perciba como una amenaza de mayor entidad que la que realmente tienen. Y para ello parasitan los miedos y las fobias que existen en una sociedad con respecto al uso de las armas de destrucción masiva o la ciber guerra. No tienen ningún problema en presentarse como actores que son capaces de utilizar esos recursos y por lo tanto hemos de estar muy preocupados por lo que pueda suponer un ataque de ese tipo. En definitiva son otros jugador más en el juego de la desinformación, y particularmente habilidosos. Saben identificar aquellos puntos débiles con los cuales van a conseguir atención y relevancia y al final, el propósito último del terrorismo, que es provocar un efecto psicológico que es desproporcionado en comparación con sus capacidades reales, que afortunadamente son muy limitadas.

– A veces no es necesario un acto terrorista para provocar el caos. Bastan las redes sociales.

– MT: Absolutamente. De hecho, aunque estemos hablando de un entorno que no es nacional o el más cercano, pensemos por ejemplo que Estado Islámico consigue gran parte de su éxito a la hora de extender su ámbito de dominio o tomar el control de ciudades creando una imagen de miedo por parte de aquellos que pueden ser objeto de sus ataques. Un caso paradigmático es el de la ciudad de Mosul, la segunda  más importante de Irak, bajo el control de Estado Islámico durante años. Una ciudad con 8  millones de habitantes que toman escasamente 1.500 personas, situando en huida a un ejército de 20.000 soldados bien equipados y supuestamente bien entrenados por EEUU. Y lo consiguen a través de una campaña en redes sociales que viraliza el eslogan de ‘Estamos llegando’, haciéndole llegar a los soldados imágenes que ellos tienen decapitando rehenes y llevando a cabo todo tipo de torturas. Por tanto crearon un auténtico pavor entre aquellos que deberían haberlos combatido y que no querían protagonizar los nuevos vídeos de Estado Islámico. Esto provoca una estampida y en definitiva una profecía autocumplida, es decir, que los habitantes no solo asumiesen que era una inmediatez la llegada de Estado Islámico sino que además terminan haciéndolo realidad, cuando realmente no estaba al alcance del grupo. Pero ellos consiguen, a través de la desinformación, preparar el terreno. Por lo tanto, todos estos contenidos manipulativos no son simplemente ‘guerra de las ideas’, sino que tienen la capacidad de trasformar la realidad. Incluso en sociedades avanzadas como la nuestra determinadas campañas tienen la capacidad de condicionar nuestra forma de vida, haciendo que la gente modifique sus conductas, que se tomen medidas de excepción que no están justificadas para responder a esos miedos… Entonces debemos estar muy alerta.

Los terroristas utilizan la desinformación para exagerar sus capacidades y que la gente los perciba como una amenaza de mayor entidad que la que realmente tienen. Y para ello parasitan los miedos y las fobias que existen en una sociedad.

– ¿Con el coronavirus está habiendo desinformación?

– MT: Sí, sí, sin duda. Lo que hacen los actores que emplean la desinformación, como digo, no es necesariamente modificar la mentalidad de la opinión pública en un sentido radicalmente distinto al que ya tiene, puesto que la desinformación tampoco tiene esa capacidad. Eso es más complicado de conseguir. Pero lo que sí pueden conseguir este tipo de actores es parasitar los miedos, agrandar las brechas que existen dentro de una sociedad, las fobias, y con el coronavirus hay actores que de manera intencionada unos y, otros, por el mero hecho de buscar relevancia, pues explotan los prejuicios hacia la población asiática, los miedos al hecho de que se pueda estar ocultando información – datos relevantes para nuestra vida que alguien se encarga de mantener ocultos- , la conspiración de las farmacéuticas… Toda esa panoplia de clichés que al final entran en juego son los resortes que todos tenemos en nuestro esquema de pensamiento, y son los que resultan útiles cuando se activan. Y el teme del corona virus es un terreno abonado para este tipo de manipulaciones.

Manuel Torres al fondo de la imagen./Foto: Irene Lucena

– Es difícil para el ciudadano discernir entre lo que es verdad y mentira y sobre todo, conocer qué ocurre realmente en una situación o sobre un acontecimiento ¿no?

-MT: Es muy complicado porque, aunque intente mantener una actitud crítica y no dejarse llevar por la primera impresión ante toda la información que recibe continuamente, es muy difícil de conseguir. Porque todos tenemos nuestras limitaciones de tiempo, de esfuerzo, de interés sobre determinados temas, y continuamente tenemos que hacer ciertos actos de fe, o sea, creer cosas porque nos resultan convincentes. Y aquí quien tiene un papel clave a la hora de vacunar a la sociedad de todos estos peligros, evidentemente son los medios de comunicación. Una sociedad democrática necesita medios de comunicación fuertes, con la capacidad de servir de diques que filtren, que puedan verificar con rapidez todos estos bulos e intentos de manipulación, porque lo que no es razonable es depositar en la sociedad el peso de defenderse de toda esa carga que en ocasiones es muy potente. Hay que reivindicar el papel de los medios como uno de los principales baluartes para defendernos de los peligros de la desinformación.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here