José Carlos Aranda, profesor y escritor: “La auténtica revolución educativa tiene que partir de las familias”


José Carlos Aranda./Foto: Irene Lucena

Este señor alto que hemos visto por la tele en alguna ocasión – y con Iker Jiménez, nada menos-  nos cita en el campus de la Universidad Loyola, donde imparte actualmente Comunicación Oral y Escrita en el doble grado en ADE y Relaciones Internacionales. Es una de las cosas que más preocupa a José Carlos Aranda Aguilar (Córdoba, 1957): que escribamos correctamente. Que nos expresemos bien. Que disfrutemos del idioma con limpieza y respeto. Aranda es doctor en Ciencias de la Educación y Filosofía y Letras y la mayor parte de su vida profesional ha estado vinculada a la docencia, enseñando a chicos y chicas en los institutos no solo el amor a la Literatura y la utilidad de la Gramática, sino tratando de fomentar en ellos el valor del esfuerzo y la superación personal en unas edades complicadas donde precisamente el esfuerzo no es algo prioritario salvo para madrugar cuando se acude a clase.

José Carlos Aranda es también un autor de éxito: Inteligencia natural, (Toromítico, 2014)  además de un método creado por él, es uno de sus libros de referencia para todo aquél que quiera abundar en la técnica y el proceso, siempre apasionante y difícil, de educar.  Y hay que agradecerle manuales como el de Ortografía y redacción, Cómo se hace un comentario de texto , Manual de redacción para profesionales e internautas o el excepcional Cómo hablar en público, todos ellos publicados por el cordobés Grupo Almuzara.

Uno de los motivos que nos han movido a charlar con este profesor y escritor – y esto es una confesión-  ha sido  el jaleo que se ha formado con el famoso ‘pin parental’, sobre todo desde el punto y hora en que un gobierno socialcomunista  no solo amenaza con aplicar el artículo 155 de la Constitución a la comunidad que lo ponga en marcha (Murcia, no Cataluña) sino que el mismo gobierno nos ha dejado claro que en lo de educar a nuestros hijos, nosotros los padres no tenemos competencias porque los niños, fíjense, no son de nuestra propiedad. Distópico siglo XXI español con Orwell más vivo que nunca. Pero pronto descubriremos con el invitado de esta semana que no todo se resume a una polémica determinada, sino que el reto es mucho mayor y el nivel de compromiso además debe de ser políticamente incorrecto. Como gran parte de lo que sostiene y defiende José Carlos Aranda con solvencia académica y claridad meridiana.  

José Carlos Aranda./Foto: Irene Lucena

 

– En su perfil de Whatsapp se puede leer  “Comprometido con una nueva forma de educar”.

– Sí, porque creo que se está haciendo muy mal. Hay algunas claves que son importantes en educación. La primera es que los profesores aprendamos a ver a la persona antes que al alumno. Los que tenemos delante son personas en formación y lo que debemos hacer es potenciar sus capacidades al máximo, independientemente de cuál sea el nivel del que partimos. Comprender que son seres complejos en los que influyen muchos factores, y estamos hablando del elemento fundamental que es la familia. La familia, el entorno socioeconómico, el punto de extracción, el ambiente social. Recuerdo una alumna de FP… yo les estaba hablando de la asertividad, de esa capacidad que tenemos para ver que no solo hay una solución ante un problema sino ser asertivos, o sea, calibrar las opciones y optar por aquella que te conduzca a tu objetivo pero con el menor coste emocional posible. Y esta alumna me comentó que cuando ellos salían a la calle, las reglas eran otras. Estaba dando clase en el instituto de El Tablero, teníamos la zona de influencia de Las Moreras y, evidentemente, ella tenía razón. Vivimos en un proceso de adaptación donde hay que tener en cuenta muchos factores, y sobre todo, no limitarnos a aprobar o suspender calibrando al alumno por los resultados de unos exámenes, sino evaluar a la persona y ayudarla. En ese sentido, hay que hablar de educación emocional, de educación en la empatía, de comprender y acompañar en el desarrollo. Pero conjuntamente con la familia. Yo siempre digo que la auténtica revolución educativa tiene que partir de las familias y lamentablemente, el compromiso de estas en la educación brilla, en la mayor parte de los casos, por su ausencia.

– Usted ha dicho que “la familia es una colaboradora necesaria en la castración mental”.

– Sí. ¿Qué es la ‘castración mental’? Bueno, en Literatura lo tenemos bastante claro: cuando analizamos un poema de la idealización, por ejemplo. Solo presentas un aspecto de la realidad pero ocultas los demás. Cuando la familia actúa como contrapeso de una determinada visión polarizada de la realidad, entonces conseguimos un equilibrio dentro de la educación. Pero si no es así, le estamos ofreciendo al niño un mundo en blanco y negro, donde hay unos buenos y unos malos. Y esto no acompaña al amor a la diversidad que tanto se predica, sino que llega un momento en que la visión de la realidad es blanca o negra. No se admite que puedan existir otras opciones. No nos enriquece como personas. Y por esto la familia, por su dejadez o, muchas veces, por su falta de compromiso, ignorancia o escasa formación, se transforma en colaboradora necesaria.

 

Le estamos ofreciendo al niño un mundo en blanco y negro, donde hay unos buenos y unos malos. Y esto no acompaña al amor a la diversidad que tanto se predica. No se admite que puedan existir otras opciones.

– Nos preguntamos muchas veces cómo educar mejor pero, aunque algo ha apuntado usted al principio, no nos cuestionamos para qué educamos.

– Y fíjate que es interesante. Yo siempre menciono una frase de Calderón de la Barca, de la obra de El Alcalde de Zalamea. Cuando el alcalde habla con el general que se va a llevar a su hijo pequeño Juan, a Portugal, a la guerra y le dice: “Yo le aseguro, mi  general, que si hubiera uno solo que enseñara a los hijos no a pelear, sino por qué merece la pena hacerlo, todos les daríamos nuestros hijos”. Por eso, cuando diseño el método de Inteligencia Natural, me centro en cuatro inteligencias que tienen como eje principal la autoestima, porque una persona que no tiene autoestima no encuentra razón para el esfuerzo, para dar la mejor versión de sí mismo cada día, que en definitiva es la base del crecimiento personal. Y una de las cuatro inteligencias de la que nadie habla es, precisamente para mí, una de las más importantes, que es la inteligencia moral. Y cuando hablo de inteligencia moral no me refiero a la ‘moralina’: estoy hablando, en efecto, de lo que tú has mencionado, de enseñar por qué merece la pena esforzarse en la vida. Qué mueve a nuestro corazón a actuar. Y también es importante saber que esta educación moral tiene sus hitos evolutivos. Empezamos siendo muy niños con una mentalidad conductista, donde nos agradan o desagradan las cosas y eso mueve nuestra conducta; después, a partir de los 3 años actuamos para agradar a nuestros padres en otra etapa que se desarrolla entre los 4 o 5 años. Por buscar su sonrisa o su aprobación somos capaces de cualquier cosa. Pero después pasamos a otra fase, cuando entramos en la pubertad, que es un periodo egoísta: actuamos o hacemos porque esto me viene bien a mí.

José Carlos Aranda./Foto: Irene Lucena

Seguimos evolucionando porque somos seres en evolución. Cuando entran las hormonas sexuales en el torrente sanguíneo, empezamos a mirar ya con ‘ojillos’ al otro sexo, y entonces buscamos la aprobación del grupo. Hay un rechazo a la familia, a nuestros padres, y buscamos otra aprobación. Porque al abandonar el ‘autoritas’ de la familia en algún punto tenemos que agarrarnos. Y es una época maravillosa, ya que esas hormonas nos permiten algo que generalmente se ignora, y es el recrecimiento de la corteza prefrontal en el cerebro. Yo le llamo ‘el turbo cerebral’, porque dota a este, por primera vez, de la capacidad de elaborar hipótesis, de proyectarse en el futuro, y a partir de ahí tomar decisiones.

Una de las cuatro inteligencias de la que nadie habla es, precisamente para mí, una de las más importantes, que es la inteligencia moral.

Y es maravilloso porque no siempre las familias acertamos. Muchas veces como padres nos equivocamos. Y este rechazo a la familia facilita la búsqueda de la propia identidad. Los niños tienen que adaptarse al mundo que les ha tocado vivir que no es el que los padres han vivido, y mucho más hoy en día. Pero si alteramos este proceso, si tratamos de explicar a un niño algo para lo que aún no está capacitado para comprender, lo estamos, primero, sometiendo a un estado de frustración y segundo, retrasando su propia evolución.

– Entonces la Inteligencia Natural consiste en poner al individuo en el entorno físico y emocional frente a lo que la escuela ofrece que principalmente son solo conocimientos.

– Efectivamente. De hecho, yo soy profesor de Lengua y Literatura, he estudiado una carrera y me he dedicado toda mi vida a la docencia, pero a mí jamás, nadie, me ha explicado salvo Lengua y Literatura (ríe). Nadie me ha explicado Pedagogía, Psicología o cual es el individuo que  me voy a encontrar para formar. Y eso sería, junto con las prácticas, fundamental. Cuando soy un docente a lo que me voy a dedicar es a ‘cultivar seres humanos’ para dotarlos de la suficiente confianza en sí mismos como para afrontar el reto de la vida y hacer un proyecto propio que les permita alcanzar la felicidad.

– Lo que parece es que en la actualidad se pretende ‘cultivar seres humanos’ como usted dice, pero bajo unos parámetros ideológicos y sobre todo estatales.

– Este es un grave problema, porque yo hablo de inteligencia natural de los tres círculos de evolución educativa. El primer círculo, que es el círculo base, es la familia. Hasta los 4 años, el niño desarrolla el 85% de su capacidad cerebral y en esos cuatro años adquiere la impronta emocional que le va a acompañar el resto de su vida. Y lo va a acompañar de forma inconsciente, porque después vendrá la poda sináptica, olvidará los recuerdos de infancia, pero las improntas emocionales van a permanecer ahí. Esa es la familia. Después entra en el segundo círculo de socialización que es la escuela. ¿Qué ocurre si nosotros le ofrecemos en la escuela un universo diferente al que él vive en la familia? Pues que ya estamos intentando bogar en una barca con un solo remo. Lo que vamos a conseguir es confundir al niño, sencillamente. Luego es muy importante la coordinación familia-escuela especialmente en la primera etapa educativa, que es la Educación Infantil y Primaria. Cuando ya entra en ese ‘turbo cerebral’ que hemos dicho, es cuando conviene empezar a instalar el espíritu crítico frente a la realidad que le rodea para que él aprenda a tomar sus propias decisiones. Por eso asignaturas como la Filosofía o el comentario crítico se imparten fundamentalmente en los últimos cursos de la ESO o Bachillerato, porque ya la madurez mental del alumno le permite aprovechar ese recurso.

José Carlos Aranda./Foto: Irene Lucena

– Sin embargo, es a la familia a la que se le pretende quitar la responsabilidad en la enseñanza y educación de sus hijos.

– Es cierto. Con afirmaciones que para mí absolutamente deplorables, como las últimas de la ministra Celáa cuando afirma  que los padres no son dueños de los hijos. Existe una gran manipulación mediática y hay una gran manipulación ideológica en base a dos recursos. El primero es una falacia que se llama ‘petición de principio’, que es dar por válida una afirmación no demostrada. Te pongo un ejemplo extraído de la Guía para el profesorado para la educación afectivo-sexual en Primaria, donde se dice en la introducción  que “la educación sexual es una demanda social”. Esta es una ‘petición de principio’, es decir, ¿qué parte de la sociedad está levantada clamando por que haya una educación sexual en las aulas? Yo no lo he visto. Después se nos afirma también, en el preámbulo, que “ en la actualidad no se cuestiona la necesidad de formar en sexualidad desde la escuela”. Yo, José Carlos Aranda, me lo cuestiono. E imagino que yo soy alguien en una parte de la sociedad. Es una falacia: se nos pide que aceptemos como válida una afirmación que no ha sido demostrada. ¿En base a qué se formula esto? Tanto más cuando ellos mismos incurren en sus propias contradicciones. Me refiero a que, para niños de 7 u 8 años de Educación Primaria, en estos talleres supuestamente afectivo-sexuales, se les explica lo que es la masturbación, se les dice que están muy bien los tocamientos y se les incita a la exploración de su sexualidad y del placer. Claro, esto tiene un problema, porque en la misma Guía, cuando se da un cuadro de conductas prepuberales que recuerdan los niños antes de los 11 años, el 72% afirma que nunca se ha masturbado; el 76% dice que nunca ha mostrado sus genitales a otras personas; el 71% confiesa que nunca ha tocado los genitales de otra persona – y estoy hablando de ‘nunca’, que es la parte más categórica- lo que significa que en esa etapa del crecimiento infantil esto para ellos no es un problema. Luego si les metemos estos contenidos ¿qué estamos haciendo? Instalar un problema donde no lo hay.

– ¿Por qué esa obsesión por el sexo?

– Esta es una pregunta de mucho calado que requeriría muchísima reflexión, pero voy a decir algo políticamente incorrecto…

– Por supuesto. Faltaría más.

–  Yo creo que se ha descubierto que es mucho más sencilla la manipulación utilizando las drogas naturales. Las drogas naturales son  hormonas como la dopamina, por ejemplo, que activa el circuito de la recompensa. Que es lo que se activa cuando uno se masturba o cuando se tienen relaciones sexuales, independientemente de otras hormonas que entran en funcionamiento y que hacen mucho más intensa la relación. Y se les está instando a unos niños que aún no han desarrollado ese ‘turbo cerebral’, esa capacidad de anticiparse a las consecuencias que puedan tener sus actos. Con lo cual, con mucha facilidad, puedes caer en conductas adictivas, que atentan además contra la autoestima, pilar fundamental sobre el que se genera el individuo. ¿Qué ocurre si cuestionamos la estructura familiar? Una estructura normalmente – lo más común- compuesta por un padre y una madre. Y se les abre a los niños la perspectiva de que eso no existe porque puede ser madre-madre o padre-padre. Nosotros aprendemos por categorizaciones básicas, algo que explica y desarrolla muy bien una profesora de Washington que se llama Patricia Kuhl. Ella nos explica que el cerebro está continuamente procesando información con una base estadística, de tal manera que cuando el niño aprende a hablar lo hace automáticamente. De forma gradual pero categorizando: primero aprendemos lo que es la norma y luego, una vez establecida la norma, vamos a ver y comprender que sobre esa norma existen variables y que todas las variables son igualmente correctas por consenso social. Pero claro, aquí se trata de lo contrario, es decir, abrir todas las posibilidades en un estadio que es la infancia en el que el niño aún no está capacitado para comprender esas variables. Con lo cual lo que se genera es confusión.

Se basa además en ideas que no son ciertas, que yo llamo ‘afirmaciones muleta’. Una afirmación-muleta es la que te ponen delante de los ojos para que tú entres al trapo. Yo te pregunto. “¿no estás de acuerdo con la libertad en la infancia?” y tú me contestas que por supuesto que sí. “Entonces tienes que aceptar la educación sexual”, te contesto. Y si dices que no y matizas esa afirmación, automáticamente tú estás en contra de la libertad y te coloco una etiqueta, con lo que no tengo que justificar ni razonar lo que yo estoy afirmando.

José Carlos Aranda./Foto: Irene Lucena

– ¿Quien controla la educación controla al ciudadano?

– Sí, pero es una ingeniería social que ya veremos cómo resulta. Porque deberíamos aprender de nuestros mayores y me refiero al intento de ingeniería social que se llevó a cabo en Suecia a partir de 1930. En 1933 se crea la Asociación Sueca para la Educación Sexual con la que se trata de introducir lo que ahora mismo se está tratando de implantar en España. Ni más ni menos. Os puedo decir que la educación sexual en Primaria se implanta en 1955 en Suecia y que en 1977 se publica un manual para profesores y maestros en el que, entre otras cosas, se apoyan como algo positivo las relaciones incestuosas, – yo recomiendo un libro que se titula El niño mal amado, de Valentina Supino Viterbo para que se vea hasta qué punto cosas así pueden condicionar el futuro de un niño y la vivencia de la sexualidad-; se recomienda la masturbación solitaria o compartida o se habla de manera positiva de las experiencias homosexuales. Comento esto porque esa es la línea que la supuesta educación afectivo-sexual en España está siguiendo. Bueno, pues aprendiendo de nuestros mayores, el experimento dio tan mal resultado que en 1980 se publica un nuevo manual y fíjate lo que afirma ese nuevo manual: que es mejor que la educación sexual se realice en el hogar, por la familia; se afirma que es necesaria la cooperación familia-escuela. Esto fue en 1980. Han pasado ya 40 años. Se habla en este manual de que es un tema – el sexual- que hay que tratarse con tacto, sensibilidad, sensatez y adecuándolo a la madurez de cada niño. Se habla, por ejemplo de “proteger el pudor” y que, durante la adolescencia, lo que se debe de recomendar es la continencia. En Suecia. 1980. Guía para los profesores.

De la continencia nunca se habla, por cierto. ¿Por qué es buena la continencia? Yo me voy al experimento del aplazamiento de la recompensa que realizó el psicólogo Walter Mischel. Un experimento muy interesante, realizado con niños de cinco años en el que se comprueba que aquellos que supieron contenerse para no comerse un pastel cuando un adulto supervisor abandonaba la sala, tras 15 años de seguimiento de estos niños, obtuvieron mejores resultados académicos, mejores niveles de socialización y adaptación, menos problemas de inserción laboral… ¿A qué nos lleva esto? Pues a que la familia y el sistema educativo deben decidir si educamos niños que sigan sus impulsos de forma automática o que aprendan a educar sus emociones para generar sentimientos que sean favorables a su proyecto de vida. Si yo educo personas dóciles a seguir sus impulsos inmediatos, pues estoy generando, por ejemplo, problemas de obesidad, de embarazos no deseados, de falta de protección en las relaciones sexuales entre los adolescentes… Y todo eso tiene a su vez unas repercusiones psicológicas que condicionan al individuo.

La familia y el sistema educativo deben decidir si educamos niños que sigan sus impulsos de forma automática o que aprendan a educar sus emociones para generar sentimientos que sean favorables a su proyecto de vida.

– Se ha centrado en el aspecto afectivo-sexual, pero parece que la manipulación va más allá de este plano, al  curricular, quiero decir. Un ejemplo: la guerra civil española se enseña en los colegios con una fuerte carga ideológica que criminaliza al bando nacional y ensalza los valores de la república. No se expone desde un punto de vista netamente histórico.

– Yo no soy profesor de Historia y, en este sentido, mi opinión no puede ser objetiva. Sí puedo decir que como profesor de Lengua es muy llamativo que haya autores olvidados, sencillamente porque escribieron con el beneplácito del Régimen. Y sin embargo los libros que se ponen de obligada lectura para Selectividad estén bastante polarizados ofreciendo una ideología concreta. Estoy pensando ahora en Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez, por ejemplo, que los protagonistas de los cuatro relatos son víctimas republicanas dentro del conflicto civil. Pero no se ofrece una segunda perspectiva. O uno nuevo que ahora es de lectura obligada, El cuarto de atrás, de Martín Gaite, que también ofrece una visión de la mujer frustrada y sometida por la Sección Femenina durante la posguerra. Habría que ver otras perspectivas: no se puede demonizar la maternidad, o al varón, por ejemplo. Tampoco se debe exhibir un paisaje de blancos y negros o de vencedores y vencidos. No, porque todo es mucho más complejo. Yo creo que la Historia requiere que la escriban historiadores y desde una perspectiva objetiva que es la que nos ofrece el tiempo transcurrido. Y esto es algo que sí te puedo decir que en televisión no observo. No observo esa doble visión. Porque hubo unas causas, unas circunstancias y un momento histórico con unos episodios muy marcados que no podemos olvidar. Cuando uno lee Pepita Jiménez, de Juan Valera – me remito nuevamente a la Literatura- pues se mete en las revueltas promovidas por el anarquismo andaluz y, evidentemente, si yo fuera historiador daría a mis alumnos también la oportunidad de comprender qué razones movían a los agricultores andaluces a movilizarse y por qué tuvo tanto calado dentro de la sociedad este tipo de ideología, para comprender que no existe acción sin reacción, que no hay causas que no avalen unos determinados comportamientos. Porque comprender esto nos ayuda a comprendernos a nosotros mismos y sobre todo a evitar los mismos errores en el futuro. Y yo creo que esto no se está haciendo.

– Su última tesis doctoral versa sobre “El cuento infantil como instrumento de desarrollo psicolingüístico en escolares de tres años”. O sea, la importancia del relato, ahora tan de moda y reclamado.

– Sí, se está volviendo al relato y han descubierto que a través del cuento también se puede manipular, de alguna forma, la mente infantil. Volvemos a lo mismo: los cuentos tradicionales ofrecen una visión determinada de la realidad y cómo esto puede condicionar. Pero creo que es un condicionante sesgado. Son cuentos que no fueron escritos para niños, sino adaptados para los niños con posterioridad. Hay episodios muy crueles en los cuentos, pero hoy queremos inhibir a los niños de toda crueldad. Es cierto que el lobo se come a la abuela, y después le damos la pincelada de que el cazador le abre la barriga y sale la abuela viva. Pero a través de un cuento como Caperucita estamos trasladando a los niños ideas muy importantes. Por ejemplo, la idea de la necesidad de cuidar de los demás. Caperucita va a ver a su abuela porque está enferma y hay que llevarle comida. Fíjate qué idea más maravillosa: el concepto de familia y de cómo nos debemos cuidar unos a otros. Antes de salir al camino su madre le advierte que no hable con extraños y Caperucita desobedece. Estamos viendo una instrucción básica como es la de obedecer a tus padres. Pero desobedece, se genera el conflicto y llega el problema. Y podemos comprobar- y aprender- que existe la maldad en el mundo. Hoy los lobos pueden no ir vestidos de lobo. Pueden camuflarse con piel de niño a través de las redes sociales. Pero el niño debe comprender que no todo aquél que sea extraño es bueno por naturaleza. Educar a los niños en eso es una falacia. Luego, la frustración y el miedo forman parte del constructo socia porque el niño necesita aprender a dominar esas emociones.

– Ahora algunos ven los cuentos tradicionales como otra vía para perpetuar el denominado ‘heteropatriarcado’.

– Vamos a ver. El famoso ‘heteropatriarcado’ no responde sino a una construcción social determinada que nace con la agricultura hace ya miles de años. Porque lo que ha transformado la realidad no son los conceptos feministas, sino el propio cambio de la evolución social. Hay dos hitos que son determinantes: la generalización de los anticonceptivos, ya que hasta ese momento la relación sexual y el embarazo iban de la mano. Y el otro es el acceso masivo de la mujer al trabajo, y ahí los grandes revolucionarios fueron nuestros padres – hablo de los míos, de la década de los 60 y 70- que apostaron porque la mujer estudiara, fuera a la Universidad y se buscara la vida, porque ahí estaba su libertad sin tener que depender de un hombre. Ahí es donde estuvo realmente la revolución social. ¿Qué ocurre? Pues que llega un importante cambio de parámetros: el sexo deja de ser la puerta hacia la natalidad y la maternidad, y se convierte también en un instrumento de disfrute personal. Y el acceso al trabajo de la mujer también deja menos espacio y tiempo a la maternidad y a la familia, evidentemente. Si a todo esto añades ahora el proceso de ingeniería social que, sobre todo, a través del feminismo radical le dice a la mujer que la maternidad es una lacra, que la inhibe y es una forma de dominio masculino, pues llegamos a un coeficiente de natalidad del 1,2, lo que supone un suicidio colectivo.

José Carlos Aranda./Foto: Irene Lucena

Y fíjate que cuando más se habla del proletariado, en realidad se está hablando de la gente que no tiene más bien en la vida que sus hijos, que su ‘prole’. Desde esta revolución, que ha durado miles de años, la mujer embarazada tenía una serie de limitaciones, en movimiento y en capacidad de actuación y se reserva a una labor que es fundamental como es la crianza de los hijos y los trabajos que no comportaran un gran esfuerzo físico y por tanto, riesgo de aborto. Y al hombre le estaba destinado la protección de la mujer, y esto lo subrayo, y el procurar los alimentos necesarios para dotar a la familia de las comodidades imprescindibles. Esto hizo que los hombres vivieran de puertas afuera y la mujer, de puertas adentro. En algunos casos esto se ha extralimitado, como en el famoso harén musulmán. Pero básicamente y para entenderlo fue así, y es ahí donde se produce el ‘heteropatriarcado’ que tiene como consecuencia algo que es natural. Y tribal. Me explico: si yo, tribu, entro en guerra contigo, tribu, ¿a quién mando a esa guerra? ¿a las mujeres o a los hombres? Pues mando a los hombres, porque si hay 100 hombres y sobrevive uno, se puede repoblar la tribu con las 100 mujeres; pero si mando a las mujeres y sobrevive solo una, mi tribu está condenada a la extinción. Y la naturaleza no piensa en nosotros como individuos, sino como especie. Con lo cual, programa nuestro cerebro para que el sentido del comportamiento del varón sea distinto al de la mujer. En el momento del parto, en la mujer se produce una enorme descarga de oxitocina, que es la hormona de la fidelidad. Esta hormona le llega al niño a través del cordón umbilical justo en ese momento y es el causante de que a ninguna mujer le parezca feo su hijo recién nacido. Ese torrente de oxitocina los hombres no lo tenemos.

Y ahí sí que te digo que es a través del amor a la mujer que nosotros aprendemos a amar a nuestros hijos. Y eso es maravilloso, porque somos perfectamente complementarios.

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