José Manuel Belmonte, escultor: “La bohemia de los artistas no va conmigo”


José Manuel Belmonte./Foto: Irene Lucena
José Manuel Belmonte./Foto: Irene Lucena

Hemos quedado en la cafetería Puerto Rico en la Plaza de Colón, frente a su ‘Homenaje a la mujer cordobesa’, pero es una hora de trajín y optamos por algo más tranquilo. Bajamos hacia la Fuenseca para encontrarnos con ‘La regadora’ en la Puerta del Rincón. Uno de los sitios más fotografiados por los turistas luce unos desconchones impropios del entorno del monumento, que hacen daño a la vista. Alguien del ayuntamiento debería tomar nota y adecentarlo. José Manuel Belmonte (Córdoba, 1964) se lo toma con cierta socarronería: ser cordobés y conocer a esta ciudad para lo bueno y lo malo imprime carácter. En la taberna de la Fuenseca, Peña Rafael Merengue, la charla discurre con la atenta mirada en óleo y desde la eternidad de Emilio Álvarez y su inseparable Rosario, que tantas veces acogieron a los artistas que no encontraban dónde exponer, circunstancia ésta que ha cambiado poco. Ahora es el nieto de Emilio, Jesús, quien procura asilo confortable y un medio de vino a otros artistas, a otras gentes.

Belmonte pone sobre la mesa un amplio mapa de exposiciones – catorce en lo que llevamos de año- y se muestra satisfecho. El Retiro y ‘The Blue Ant’, en Madrid; la feria ‘Art Revolution’ de Taipei, en China; Lisboa, Nuremberg, Mallorca, Granada, Valencia… han formado parte del periplo expositivo de alguien que posee trayectoria y obra para mostrar, porque es, ante todo, un trabajador del arte. En poco más de un mes, y en la misma taberna que nos abriga del día gris, estará guisando un perol navideño, ya tradicional, para otros amigos artistas. No hay elitismo ni soberbia en este hombre. Y tendría motivos para ello, mirados con objetividad reconocimientos, cifras y éxito. 

– ¿Es usted el escultor vivo con más obras en Córdoba?

– Actualmente sí. En toda la historia. Quizá Amadeo Ruiz Olmos hizo mucha obra pública, pero vamos, más que Mateo Inurria y muchos escultores, sí, lo soy.

– ¿Imaginaba algo parecido cuando comenzó en la escuela de artes y oficios?

– No. Yo siempre cuento como anécdota que cuando entré en la escuela pensaba que todos los alumnos allí eran la reencarnación de Miguel Ángel, y mi sorpresa fue cuando los profesores me decían “¿pero tú has trabajado esto ya?”. Y contestaba que no, que era la primera vez que tocaba el barro o dibujaba. Y todos se quedaban un poco sorprendidos. Cuando empecé en Artes y Oficios yo no me imaginaba que me iban a pasar todas estas cosas. Lo más bonito que me ha pasado con el arte es que me ha dado la posibilidad de conocer sitios y personas que yo no me imaginaba en la vida. Te puedo hablar de Antonio López, que cuando voy a Madrid como normalmente con él, en un bar de polígono industrial. O haber estado con el emperador Hirohito, en Japón, o con la reina Fabiola en una galería de Bruselas. Son cosas que no te las esperas y cuando estás estudiando ni te imaginas.

José Manuel Belmonte./Foto: Irene Lucena

– Siempre dice usted que es de la Plaza de la Paja y un obrero del arte. ¿Es Belmonte un escultor con conciencia de clase?

– Sí, porque ‘arte’ a mí siempre me ha parecido una palabra un poco fuerte, un poco grande. Van pasando los años y voy creciendo más, quizá, en humildad. Me di cuenta de todo lo que queda por hacer y de los grandes artistas que ha habido en la Historia y que hay actualmente, y entonces yo simplemente me considero uno más que está aportando su granito de arena. Pienso que son los demás los que tienen que decir lo de ‘artista’ y yo solo me limito a trabajar en lo que es mi pasión, que es la escultura. Además tengo horarios de obrero y  el taller en un polígono. Me levanto a las 8, estoy hasta la una y media o las dos, como, me echo un poco la siesta – que me viene bien sobre todo para descansar un poco los ojos- y desde las cinco estoy hasta las nueve, las diez o la hora que encarte. El tema de la bohemia ésta de los artistas, la noche, acostarse a las 4, que mañana no trabajas porque estás de resaca… eso no va conmigo. Yo creo que el artista tiene que trabajar, contar con obra. Y cuando tienes obra se te abren más posibilidades. Este año he estado exponiendo entras galerías a la vez, y eso es porque tengo obra para llenar tres galerías, si no sería imposible.

–  Esto ha cambiado mucho. Los obreros ahora votan a VOX.

–  Ideales políticos… Si te digo la verdad, no me considero ‘político’ Hay una frase de Dalí que decía “Picasso es comunista. Yo tampoco”. Artistas de derechas conozco a pocos, pero también pienso que quizá la persona tiene una evolución: de joven a lo mejor eres del partido comunista; vas entendiendo un poco más de política y te vas al centro y al final de tus días quizá te vas más a la derecha. No pertenezco a ningún partido, pero es que actualmente tampoco comulgo con ningún partido político. Estoy de acuerdo con cosas de unos y en desacuerdo con las de otros. Y creo que esa confusión es la que tiene ahora mismo toda la ciudadanía.

– A los artistas se les pide cierto compromiso político, pero no ha sido su caso.

– No. Hombre, hay un sector que siempre me dice que otra vez me he cambiado de chaqueta, simplemente porque he hecho un monumento a un ayuntamiento socialista que después ha sido del PP, y le he hecho otro. Soy un obrero del arte y tengo que trabajar para el cliente. Si el cliente tiene unas siglas políticas, a mí me da exactamente igual. Tengo que aceptar encargos porque vivo del arte, y pagar impuestos como todo el mundo.

Soy un obrero del arte y tengo que trabajar para el cliente. Si el cliente tiene unas siglas políticas, a mí me da exactamente igual. Tengo que aceptar encargos porque vivo del arte, y pagar impuestos como todo el mundo.

– Ha comentado en más de una ocasión que “el artista debe estar peleándose con su obra en el taller y dejarse de críticas” No obstante ¿cuál ha sido la crítica que más le ha dolido?

– Lo que más me dolió, y creo que lo sabe todo el mundo, fue cuando ocurrió lo del monumento a Juan de Mesa en la Plaza de las Doblas. (En marzo de 2004, un grupo de vecinos y artistas se concentraron en la Plaza de la Doblas para dedicar ‘un minuto de risa’ al conjunto escultórico de Juan de Mesa que en la actualidad está en San Pedro. Mostraban así su rechazo a la ubicación del mismo) Me quedé alucinado. Se me cayeron todos los palos del sombrajo y me desencanté también, un poco, del mundo del arte, cuando vi a compañeros manifestándose allí, con camisetas y la plataforma esa que crearon. Hasta el monumento de Las Doblas yo era un idealista del arte. Pensaba que el artista era una persona tolerante, permisiva. Porque a mí me ocurrió eso: con el arte comencé a ser más tolerante y plural. Y aceptar todo por sistema porque no existe un canon para nada en la vida. A mí me abrió mucho la mente. Y cuando vi a todo este sector de artistas criticando, en un principio el espacio y después a mí, aquello me pareció muy surrealista y muy triste. Muy triste.

José Manuel Belmonte./Foto: Irene Lucena

Me vino muy bien, porque soy muy analítico y aquello me sirvió para darme cuenta de que a partir de ese momento tenía que hacer una obra para mí. Yo pensaba que había que hacer obras para que le gustara al público y es imposible hacer algo que le guste a todo el mundo en general. Habrá gente que le gusten más las vanguardias o el arte conceptual. Es un error, a la hora de hacer una obra, pensar en ese público. Tienes que hacer un trabajo para ti, tú eres el principal crítico. Si estoy haciendo una escultura, yo soy el que más entiende de mi obra. Si cuando terminas, te gusta lo que has hecho con amor, con pasión y con cariño, normalmente eso se transmite a la obra y lo capta el espectador. Y en eso estoy, en seguir provocando sensaciones en el espectador. Y para eso tienes que creer en lo que estás haciendo.

– ¿Qué sentido tiene la escultura en la era digital?

– Yo no me cierro a las nuevas tecnologías aunque soy de la antigua escuela, y considero que tuve la suerte de contar con un profesorado de una generación ya desaparecida, de esa relación maestro-discípulo. Para utilizar las nuevas tecnologías tienes que saber primero las técnicas de la escultura y tener el oficio. De nada sirve meterte en un ordenador si no entiendes de dibujo o de volumen. La máquina  hay que saber manejarla y si tienes esa base por supuesto que vas a sacar resultados magníficos. Actualmente estoy utilizando el escáner y la impresora 3D para reducir. Mi obra la hago a tamaño natural porque soy un poco megalómano en ese aspecto, pero a las galerías les interesa vender piezas pequeñas y lo que hago es una ‘fotocopia’ reducida. Pero hay gente que ya está modelando directamente en el ordenador.

Yo no me cierro a las nuevas tecnologías aunque soy de la antigua escuela, y considero que tuve la suerte de contar con un profesorado de una generación ya desaparecida, de esa relación maestro-discípulo.

– ¿De los poderosos a veces solo queda un triste y solitario busto?

– Bueno, ese busto es el recuerdo de la persona. Cuando se le hace un busto a alguien es porque se le quiere recordar. Un colectivo, un ayuntamiento o una subscripción popular que reclama que se le haga justicia a esa persona, se le valore y no se olvide. Por cierto, en Córdoba quedan muchos por hacer.

– Decía Ramón Gómez de la Serna que “los ojos de las estatuas lloran su inmortalidad”.

– Miguel Ángel tenía otra frase que decía “el barro, la vida; la escayola, la muerte, y el bronce, la inmortalidad”. El barro es la vida, porque es donde se crea; la escayola, la muerte, porque es blanca y el blanco apaga todos los volúmenes; y el bronce es la inmortalidad porque es un material consistente que perdura con el paso del tiempo. Para los espacios públicos prefiero el bronce al mármol, porque no es lo mismo una restauración de bronce, que te lo pueden pintar, que una pieza de mármol, que si se rompe es muy complicado encontrar uno exacto, nunca vas a encontrar de la misma veta. Y siempre se va a notar la costura, la unión de esas partes.

– ¿Es Córdoba tan desagradecida como se dice?

– Sí y no. La sensación que tengo es que hay que pagar un peaje. Córdoba es una ciudad muy exigente. Estamos tan habituados a ver belleza y a convivir con la belleza – en la arquitectura, en los patios, en las mujeres- que no sabemos valorarla en su justa medida. Existen otras ciudades que no poseen la riqueza monumental que tiene Córdoba y cualquier cosa que les llega de fuera es muy aceptada. Aquí, sin embrago, le exigimos mucho a los artistas porque siempre tenemos muchas cosas con qué compararlos. Pero es verdad que es exigencia obliga al artista a superarse, y así, cuando sale fuera, es muy valorado. Te han preparado mucho a base de palos y críticas. Eso hace que se consigan cotas que otros no tienen. Por ejemplo, cuando llegué a Italia becado por Cajasur, entré en un taller de mármol, hice un modelado, lo positivé, y lo llevé al barro. Y se quedaron alucinados porque sabía trabajar todos los procesos de la escultura, porque me preocupé en la escuela de Artes y Oficios de aprenderlos. Allí  hay gente que está especializada en hacer una armadura, otros en modelar y otros dedicados a hacer un molde. Y aquí, sin embargo, los artistas somos mucho más completos y quizá tenemos una formación mucho más amplia. Yo me tiré cerca de quince años aprendiendo, tallando en madera, yendo a Italia a conocer el trabajo en mármol e incluso intenté en Córdoba fundir el bronce. No quería tener limitaciones en un futuro a la hora de crear. Contar con todos los mimbres para cuando pensara en una obra saber con qué material funcionaría.

– Forma recientemente junto con otros artistas el grupo ‘Córdoba Contemporánea’ y se tienen que ir a Nuremberg a presentarla…

– Sí. Otras de las cosas que tiene el trato de los cordobeses, o sus dirigentes, con Córdoba. O las corrientes políticas que reinan en un momento determinado. La verdad es que nos resulta muy triste. Formamos este grupo sobre todo para intentar que haya una visibilidad de los artistas cordobeses que han tenido que salir fuera porque aquí no se les valora en su medida. Y fuera están consiguiendo los mayores premios nacionales e internacionales, o exponer en la mejores galerías. Pero en Córdoba, claro, el problema es el sectarismo que existe muchas veces entre los mismos artistas, esos artistas ‘oficialistas’ que tienen sus sedes – que todos conocemos- y no dejan entrar a nadie ni les dan cabida. Nos hemos juntado gente que pensamos más o menos de la misma manera, que no queremos conflictos con nadie, que lo que hable de nosotros sea nuestra obra. Porque en realidad el artista en sí no es interesante: lo que se recordará en un futuro es su obra. Y sobre todo lo que deseamos es que en Córdoba se apoye un tipo de arte plural, en el que quepan todas las corrientes. Llevamos unos años que se está haciendo lo contrario: en vez de acercar el público al arte, se le está alejando. Porque si a la gente le metes un tipo  de arte de vanguardia, conceptual, o van al C3A y miran una escalera de Yoko Ono, pueden llegar a pensar que no entienden, que no tienen la capacidad de comprender qué significa esa escalera o un árbol con papeles colgando. Se está consiguiendo el efecto contrario. No se hacen exposiciones atractivas para el público en general, que no tiene por qué pertenecer a una élite culta. El arte tiene que servir para curar el alma del espectador, es una ventana abierta a la creatividad, la imaginación y la sensibilidad de las personas. Si pones algo que no entiende nadie o necesitas el recurso de colocar un texto al lado de la obra para explicarla, pues nadie se va a parar a leer ese texto. Vivimos en una sociedad que va muy rápida y lo que se quiere es el mensaje directo, que veas algo y directamente te esté provocando o contando una historia.

Desde ‘Córdoba Contemporánea’ además de que muchos artistas tengan visibilidad queremos intentar facilitar el camino a las nuevas generaciones y que no tengan tantos problemas como hemos tenido nosotros a la hora de buscar, por ejemplo, un espacio expositivo. No hay nada más frustrante para un artista que estar tres o cuatro años preparando una exposición y cuando llega la hora, no disponer de un sitio para mostrarla.

 

En Córdoba el problema es el sectarismo que existe muchas veces entre los mismos artistas, esos artistas ‘oficialistas’ que tienen sus sedes – que todos conocemos- y no dejan entrar a nadie ni les dan cabida.

– ¿El mayor reconocimiento está en el plagio?

– Es uno de los reconocimientos. Plagiarse no se plagia a cualquiera, sino normalmente a los buenos. En realidad el plagio, más o menos, crea una escuela. Por parte del artista lo veo muy mal, porque se supone que un artista debe hacer cosas originales, únicas y personales. Cada artista posee su caligrafía y se trata de reflejar el interior personal en la obra. Si te dedicas a copiar, estás hablando del que ha realizado el original. A mí me han plagiado y me siguen plagiando mucho. Con algunos he podido hablar y con otros no, ni judicialmente hacer nada porque, por ejemplo, tengo un escultor mejicano que se dedica solamente a hacer ‘Hombres Pájaro’ desde que coincidimos en Art Madrid, pero España no tiene convenio de derechos de autor con Méjico y no se le puede meter mano legalmente.

José Manuel Belmonte./Foto: Irene Lucena

– ¿En qué está trabajando ahora Belmonte?

– Pues estoy con la serie ‘Custodios’. El artista debe estar continuamente evolucionando y a veces evoluciona más rápido la cabeza que las manos. En realidad, ‘Custodios’ es una revisión del arte clásico, de esos iconos que, por ejemplo, en Córdoba tenemos con San Rafael. Pero con personajes mitológicos griegos y romanos y personajes bíblicos. La palabra ‘custodio’ significa ‘protector’ y son esos personajes que están un poco vigilantes, nos observan y nos están protegiendo en cierta manera. Son mitológicos, no existen. He cambiado técnicamente y ahora ya no me atrae terminar la obra tanto, como la finalizaba antes. Ahora lo que trato es de expresar el máximo con el mínimo. A veces sólo con el primer encaje ya está todo. También estoy incorporando algo de color, que es una forma de actualizar la obra.

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