José Calvo Poyato, historiador y escritor: “Como queramos mirar a la Historia exclusivamente con los anteojos de nuestro tiempo, nos equivocamos”


José Calvo Poyato./Foto: Irene Lucena
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José Calvo Poyato./Foto: Irene Lucena

Dicen los que han ostentado el cargo que uno de los mayores privilegios que puede tener una persona es ser alcalde de su pueblo. José Calvo Poyato (Cabra, Córdoba, 1951) lo fue desde 1991 al 2000. Cinco años más tarde, entonces como parlamentario andaluz y andalucista, dio carpetazo a la política y sacó al novelista que llevaba dentro con ‘El hechizo del rey’, que publicó en 2005. Desde entonces hasta ahora, además de diferentes ensayos, Calvo Poyato ha publicado casi una novela por año, en el género que más le  gusta y en el que mejor se desenvuelve por vocación y profesión: la novela histórica.

Acude a la entrevista de La Voz de Córdoba recién llegado de Zaragoza y poco antes de presentar uno de los ciclos que coordina para el diario ABC, donde es columnista desde 2009. Bajo el brazo, ‘La ruta infinita’ (HarperCollins Ibérica, 2019), la historia de un puñado de hombres que dieron la vuelta al mundo, comandados por Magallanes. Sobre las verdaderas razones de aquella hazaña, Calvo Poyato nos ha dibujado un tiempo y una época con rigor y emoción. Una proeza digna de ser más reconocida en un país, el nuestro, tan dado a seleccionados olvidos, memorias moldeadas y una peculiar ingratitud. Compartimos charla y café con un novelista que ya – y es algo que se adivina en sus palabras y mirada- está con las musas de su próximo trabajo, pero feliz y satisfecho del actual.

 

Un nuevo libro de José Calvo Poyato, de un autor disciplinado y con ganas de escribir.

– Si de algo he presumido en mi vida ha sido de capacidad de trabajo. Dedico muchas horas a trabajar. Suelo ponerme a escribir por las mañanas, muy temprano, y hasta las 11 normalmente no suena el teléfono. No tengo interrupciones de ningún tipo, lo cual a uno le permite un rendimiento largo. Y como además hago algo que me gusta, pues no me resulta difícil ponerme a trabajar. Creo que soy bastante disciplinado y eso da resultados positivos. De hecho, puedo escribir casi un libro al año, aproximadamente.

– Y con la Historia siempre protagonista, como ensayo o como novela.

– Al fin y al cabo soy historiador, y he tenido la suerte de convertir mi afición en profesión. Supongo que tiene que ser algo muy penoso acudir a trabajar en una cosa que a uno no le gusta. Sin embargo trabajar con lo que se disfruta tiene otro aire. He tenido, como digo, esa suerte, y a la hora de escribir he escrito algún que otro ensayo de Historia, fundamentalmente sobre la época con la que yo hice mi tesis doctoral y que conozco mejor: el final de los Austria, la llegada de los Borbones, la Guerra de Sucesión… El momento que marca el tránsito entre los siglos XVII y XVIII han sido los objetos fundamentales, aunque no exclusivos, de mi investigación. Y hace 25 años que decidí escribir una novela, por una cuestión muy particular, ya que yo había trabajado mucho la figura de Carlos II ’El hechizado’, el último rey de la Casa de Austria. El historiador acaba tomándole simpatía a los personajes a los que se acerca, y tiene que poner distancia y cuidado, porque uno de los objetivos del historiador es no abandonar -hasta donde le es posible-  la objetividad. Yo quise, por esa simpatía por Carlos II que me parecía un pobre desgraciado, escribir algo que se alejara un poco de la objetividad del historiador y eso sí lo podía hacer un novelista. Por esa razón fundamental escribí ’El rey hechizado’. Lo que no me esperaba es que tuviera éxito y a partir de aquel momento, yo continuara con la novela histórica.

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José Calvo Poyato./Foto: Irene Lucena

-Una primera novela publicada cuando aún el género histórico no tenía el éxito de ahora…

– Creo que sí tenía éxito ya. Además, yo soy de los que sostienen que la novela histórica es un curiosísimo fenómeno de permanencia literaria. Por ejemplo, hoy ya nadie lee novela social. El boom de la novela hispanoamericana, aquellos grandes escritores de los años 70 y 80, eso ha pasado. Pero es que la novela histórica casi que desde Walter Scott publica Waverley en 1814, hace ya dos siglos, nos da una larga lista de nombres: Victor Hugo, León Tolstoi, Gustav Flaubert, Benito Pérez Galdós… todos esos escritores van llenando el siglo XIX. Pero es que en el siglo XX nos metemos con Mika Waltari, Robert Graves, o Umberto Eco. De hecho, creo que hay un impulso muy fuerte con la aparición de la novela de Eco, ‘El nombre de la rosa’, allá por los años 80, y a partir de ese momento la novela histórica tiene lo que alguien ha llamado un boom, pero yo prefiero denominar un curioso fenómeno de pervivencia literaria. Hoy, el género novelístico más leído por muchos españoles sigue siendo la novela histórica después de muchos años. Se han tratado de buscar razones, y yo creo que una de ellas es el deseo de conocer Historia, pero hacerlo de una manera grata. Es que a veces los ensayos que escribimos los historiadores, en fin, son muy interesantes pero poco fáciles de leer.

Soy de los que sostienen que la novela histórica es un curiosísimo fenómeno de permanencia literaria. Por ejemplo, hoy ya nadie lee novela social.

– ¿Los lectores españoles buscamos la novela histórica porque, de alguna manera, nos han robado la Historia?

– La frase se le atribuye a muchos historiadores, uno de ellos es un argentino que se llama José Ingenieros. Ingenieros decía que “la Historia debe ser repensada por cada generación, que dará su propia interpretación de los acontecimientos”. Y creo que eso tiene un valor notable: la Historia es una ciencia inexacta, es decir, el hombre, el ser humano, es libre y por tanto impredecible en sus reacciones muchas veces. Todo eso configura una cuestión, y creo que durante la dictadura franquista se explicó una determinada Historia que no respondía exactamente a planteamientos que podían considerarse como adecuados. Se trató de ocultar miserias y de exaltar otros momentos. La Historia tiene luces, tiene sombras. No hay que ocultar ni unas ni otras. El otro día, hablando de ‘La ruta infinita’, decía que me parece tan grandiosa la gesta que inicia Magallanes y que termina Elcano, es tan impresionante, que hay que sacarla a la luz y sentirnos orgullosos de lo que hicieron españoles de hace muchísimos años, o un portugués que estaba al servicio de la Corona de Castilla o España, como queramos denominarla. Y eso hay que ponerlo en valor. ¡Si estos hubiesen sido ingleses, o franceses, los que le dieron la primera vuelta al mundo…! Piénsese que aquello, a principios del siglo XVI era tan impresionante como cuando los americanos fueron a la Luna.

– Es curioso porque ahora se practica mucho esa manía de analizar la Historia con ojos de hoy, para lo cual se emplea un término que ahora no recuerdo.

– Eso se llama ‘presentismo’

– Gracias por el apunte. Pues eso, el ‘presentismo’ no se aplica a gestas de este carácter, para valorarlas, quiero decir.

– Claro, es que como queramos verlo exclusivamente con los anteojos de nuestro tiempo, nos equivocamos. la gente de otra época tiene otra escala de valores. responden ante las realidades de manera diferente a como lo hacemos nosotros. Por ejemplo, hoy, en Europa se le da un valor extraordinario a la vida humana, pero la vida humana valía bastante menos a principios del siglo XVI. En la expedición de Magallanes se ejecutaron a personas por haber practicado la sodomía. Aquello parecía ‘contranatura’, un delito de tal calibre que alguien que actuase de manera homosexual era ejecutado. Hoy, la sexualidad de las personas nos parece una cuestión que cada cual debe decidir  según sus criterios. Fíjese cómo han cambiado las cosas. No podemos juzgar a aquella gente. Hoy, la religiosidad forma parte de la vida privada y las creencias personales, porque estamos en un mundo esencialmente laico, pero en el siglo XVI la religiosidad era muy importante. Llamaría mucho la atención, por ejemplo, saber que cuando Elcano llega a Sevilla, después de aquel larguísimo viaje de tres años, lo primero que hace es pedir velas para ponérselas a una imagen de la Virgen, la Virgen de la Victoria, en una iglesia de Triana que hoy ya no existe.   Le pone unas velas por haberles salvado la vida en los momentos difíciles. Eso hoy nos perecería una cosa extraña, pero era lo habitual. Por lo tanto, analizar con nuestro punto de vista lo que hacen hombres de otras épocas es un error.

 

Me parece tan grandiosa la gesta que inicia Magallanes y que termina Elcano, es tan impresionante, que hay que sacarla a la luz y sentirnos orgullosos de lo que hicieron españoles de hace muchísimos años.

– ¿Por qué ‘La ruta infinita’ y sobre todo, cómo se decide a escribir sobre un acontecimiento sobre el que ya se ha escrito con anterioridad en otras obras?

–  Hay novelas que nacen bautizadas. Al comenzar a escribir uno ya tiene un título aproximado, pero hay novelas a las que ponerle nombre cuesta un trabajo extraordinario. Yo no sabía cómo titular esta novela. Recuerdo una noche que estaba cenando con Santiago Posteguillo  a principios de verano, en Castellón. Charlábamos sobre esto y le confesaba que no tenía título, y el me dijo que la novela debía de llamarse ‘La ruta infinita’. Yo le hablaba sobre el Océano Pacífico, que a estos hombres se les debió hacer inmenso, inacabable, infinito. Ellos creían que era mucho más pequeño. Se quedaron sin comida… Y sí, ese es el título. ¿Por qué he escrito la novela en este momento, a un acontecimiento al que se le ha dedicado atención? En primer lugar porque estamos en el quinto centenario de lo que aquellos hombres hicieron. La flota de Magallanes partió de Sevilla el 10 de agosto de 1519, y me parece que es una fecha emblemática para recordarlo. Y en segundo lugar, por algo que hemos dicho antes: a mí me parece una gesta tan grande que hay que ponerla en valor. En cualquier país se sentirían enormemente orgullosos de lo que hicieron esos hombres, porque, con los medios que tenían fue algo extraordinario. Y sin embargo, en España, somos menos dados a reconocer aquellas grandes cosas que nuestros antepasados hicieron. Es como si nos gustara recrearnos más en los momentos oscuros. En 2005 se cumplía el bicentenario de la Batalla de Trafalgar y claro, los ingleses lo celebraron. Invitaron a la Armada francesa, que declinó obviamente la invitación, y a la española, que sí  acudió, aunque fuera con una fragata que se llamaba ‘Blas de Lezo’. Tenemos cierto morbo de estar en esos momentos en los que nos pintó bastos la Historia.

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José Calvo Poyato./Foto: Irene Lucena

– ¿Y qué historia, qué tramas encontramos en esta novela?

– He querido, primero, señalar cómo era el mundo de aquella gente. Los españoles -castellanos- y los portugueses, ahí es nada, se repartieron el mundo. Se reparten el mundo en Tordesillas, el hemisferio occidental para los castellanos y el oriental para los portugueses. Y además no les tembló el pulso. He querido explicarle al lector cómo el mundo de aquella época está repartido de esa forma y además con las bendiciones del Papa, que hoy nos parecerían que no tendrían importancia ninguna pero a principios del siglo XVI tenían una importancia extraordinaria. Y los portugueses, en la parte que le había correspondido, habían abierto una ruta para llegar a donde estaban las especias, que era lo que daba el dinero en la época. El clavo era una planta que generaba una cantidad de dinero en torno a ella, por las aplicaciones que tenía, y lo mismo pasaba con la canela, la pimienta, etc. ¿Qué querían los españoles? Encontrar un paso que les permita llegar del Atlántico al Pacífico y abrir una ruta a las especias. Es decir, entran en rivalidad con los portugueses. En eso es lo primero que he querido situar al lector: cómo los descubrimientos de la época tienen unos objetivos y cómo hay una fuerte rivalidad entre españoles y portugueses. Y cómo, Magallanes, al replantear ese proyecto que a Portugal no le interesaba, se viene a España. Y dicho esto, aclarar algo que me parece un error muy extendido: Magallanes no sale para darle la primera vuelta al mundo. Magallanes sale para encontrar ese paso que permita llegar al Pacífico y por tanto, a la selva de las especias. es más, Carlos I dice en la Capitulaciones que se firman en Valladolid -así consta- que no entren en aguas portuguesas, que si navegan hasta las especias, vuelvan luego por el mismo camino. Carlos I no quiere problemas con Portugal, entre otras cosas porque está negociando el matrimonio de su hermana con el rey portugués y van a ser cuñados. Quien toma la decisión de no volver por el mismo camino y dar la vuelta al mundo es Elcano, desobedeciendo las órdenes del rey, que no era tampoco poca cosa en la época eso de desobedecer una orden del rey. De hecho, cuando Elcano llega a Sevilla, el rey le pide cuentas por aquello. Lo que ocurre es que lo que han hecho es tan grande, que el rey se olvida de que lo han desobedecido. Luego resultó que el camino era muy largo y las especias quedaban todavía muy lejos de lo que pensaban. Creo que esa fue una de las razones por las que Elcano decide dar la vuelta y no regresar por la misma ruta, porque sabía con los problemas que se iba a encontrar.

– Cuando se es historiador y novelista debe ser apasionante documentarse para un libro como éste ¿Cómo ha sido ese proceso?

– Tenemos dos obras, una la de Pigafetta, que es fundamental. Pigafetta es un navegante italiano que embarca en la flota de ‘sobresaliente’, o sea, un individuo que no tenía una misión concreta. Así embarca y nos deja un diario. He manejado el diario de Pigafetta para saber todas las cosas que ocurren en la expedición: tensiones entre los castellanos y los portugueses; Magallanes que no se pone de acuerdo con el veedor de la escuadra, que es Juan de Cartagena; enfrentamientos, motines, ejecuciones de hombres, combates contra los nativos, traiciones… todo eso va ocurriendo a lo largo de esos años de viaje y  nos lo cuenta Pigafetta. Y el novelista lo que hace es construirlo de manera que el lector pueda vivirlo de una forma más directa. Otra fuente de investigación que he manejado es el diario que nos dejó Francisco Albo. Albo es un piloto extraordinario que, junto con Pigafetta, regresa con Elcano a Sevilla y nos deja algo mucho menos literario, mucho más escueto, pero mucho más detallado. Va diciendo, prácticamente día por día, dónde está la escuadra. Hoy se puede seguir la ruta, casi sin error ninguno, de por dónde fueron los barcos de la expedición dando la vuelta al mundo gracias a ese diario que deja Albo.

Y luego ¿el novelista qué hace? Pues utilizar el ambiente. Cuando la flota parte Carlos I es rey de España, pero cuando regresa, Carlos I es ya emperador. Han pasado muchas cosas en esos tres años: ha habido una guerra, los comuneros se han sublevado, han intentado convertir a Juana en la reina de hecho… Hay que situar al lector en ese ambiente. Carlos I es un jovencito con 17 años cuando llega a España, que no sabe hablar el idioma y que viene rodeado de flamencos, que se han abalanzado sobre los grandes cargos de la Corona. En Castilla se había creado un ambiente de xenofobia importante. Hay un detalle muy curioso que recojo en la novela, y es que muere el arzobispo de Toledo, el cardenal Cisneros justo unas semanas antes de que llegue Carlos I a Castilla y los flamencos buscar que es arzobispado sea para uno de ellos. Y se lo dan a un muchachito de 20 años. Pero las constituciones del arzobispado de Toledo señalan que tiene que ser un natural del reino el arzobispo. ¿Qué hicieron? Nacionalizarlo. ¿Qué hicieron las Cortes de Castilla? Prohibir que se nacionalizara nadie más. Magallanes no pudo nacionalizarse como español. Tuvo que hacer un juramento muy especial de lealtad al rey para que le dieran el mando de una escuadra de cinco barcos y casi 250 hombres.

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José Calvo Poyato./Foto: Irene Lucena

Otro ambiente es el de la gente que está esperando que regresen los barcos que han hecho expediciones transoceánicas. Vienen con plantas y animales nuevos. Los europeos no conocen un rinoceronte, no tienen tampoco una referencia muy clara de lo que es un elefante. Aquello la gente lo ve con una emoción extraordinaria. No hay cine, no hay televisión, y entonces, el que llegara una novedad de este tipo causaba un impacto. Vuelvo a lo que decía antes, y es que hay que situarse en aquel mundo para intentar entender el impacto que tendría una cosa que hoy nos parecería tan simple que no levantaría expectación ninguna.

– Lo que es cierto es que el mundo no sería lo que es hoy sin esa proeza.

– Sin duda. Mira, hay un hecho que a mí me parece significativo: los hombres del Renacimiento, y de la Antigüedad también, sabían que la Tierra era redonda pero no conocían sus dimensiones. Cuando se está organizando esa escuadra en Sevilla, se prepara comida para dos años. Que es otra cosa que impresiona, ¿cómo se carga comida para dos años en una época en la que existen las conservas ni los frigoríficos? Pues tiene que llevar encurtidos, salazones, queso en manteca, algo que aguante el tiempo porque si no van a tener problemas muy serios para poder alimentarse. Bueno, pues ellos han preparado la expedición y piensan que son dos años porque consideran que la circunferencia de la Tierra, el perímetro, debe tener unas 5.000 leguas aproximadamente, es decir, unos 27 o 28.000 kilómetros. Pues luego resulta que la circunferencia de la Tierra está en 41.000 y pico kilómetros. Eso les hizo infinito el Pacífico. Pero cuando regresan, como le han dado la vuelta al mundo, saben ya cuales son aproximadamente las dimensiones de la Tierra. Colón, cuando va a América, en realidad va a las Indias. Y de pronto se encuentra que hay un continente que los europeos no conocen, porque la Tierra era más grande. Éstos, que ya saben que existe América, piensan que el océano que hay detrás de América es pequeñito. Y resulta que no lo es, que es inmenso. Es la primera vuelta al mundo la que les da el concepto de la verdadera dimensión del planeta en el que están viviendo. Y a mí eso me parece grandioso.

– Y lo que afecta eso a las rutas comerciales, que también configuran al mundo.

-Efectivamente. Y pueden calibrar, preparar ya los barcos con mayor conocimiento de causa. Lo que estos hombres hacen es meterse por aguas por las que no han navegado absolutamente nadie y a ver qué ocurre, si encuentran ese paso o con qué se van a enfrentar. Cuando uno ve las reproducciones de lo que eran La Victoria, la San Antonio, la Trinidad, la Concepción o la Santiago – que son los nombres de los cinco barcos-, uno se queda impresionado de cómo estos tíos se meten allí, son capaces de atravesar el Atlántico, de cruzar lo que hoy es el estrecho de Magallanes,  y navegar por el Pacífico, porque son verdaderos cascarones de nuez. Luego les ocurrió que la San Antonio, que era la más grande y servía de bodega, de despensa para la comida, deserta y los deja sin alimentos, prácticamente. Pasaron muchísimas cosas en esa aventura que a mí me parece extraordinaria.

– Pues queda recogida en ‘La ruta infinita’ que debe ser el penúltimo libro ¿no?

– Bueno, tengo un colega que dice que cuando no estamos escribiendo, andamos maquinando. Pensando en qué vamos a escribir. Escribir es un fenómeno muy complejo. A veces se piensa que escribir es redactar, y redactar es la fase final del proceso de la escritura. Se está escribiendo cuando, como en mi caso, decido irme de nuevo a Lisboa porque va a aparecer en la novela. Quiero ver cómo es el barrio de Alfama, comprobar que había escaleras y que, por lo tanto, un carruaje no podía subir… poner pequeños detalles de es tipo que el lector, luego, si tú no lo has tenido en cuenta, te lo recrimina “¿Cómo ha dicho usted que ha subido un carruaje por el barrio de Alfama hasta el castillo de San Jorge, si no se puede porque hay escalones?” Todo eso hay que verlo. Uno está escribiendo cuando está pateándose una ciudad tomando notas para ver cómo construye luego cosas y cuando ya se pone a redactar hay gente que puede creer que escribir una novela es sentarse delante del ordenador y poner ‘Capítulo 1º…’ No, no. Hay un trabajo previo enorme, larguísimo. He venido este puente de los santos de Segovia, quería ir allí y patearme la ciudad. Quería ver iglesias, los alrededores, el perímetro de la muralla antigua de finales de la Edad Media. Ya estoy escribiendo, de alguna manera.

Escribir es un fenómeno muy complejo. A veces se piensa que escribir es redactar, y redactar es la fase final del proceso de la escritura.

– Un trabajo más gratificante que el de la política. Se publica esta entrevista en el día en el que se vive una nueva jornada electoral. ¿Una de las mejores cosas que ha hecho usted ha sido marcharse de la política?

– Bueno, no sé si ha sido una de las mejores cosas o no. Yo lo hice convencido de que me tenía que marchar y convencido, además, de que no iba a volver. Ocurrió hace ya algunos años, 15, que yo abandoné la política. Algunos periodistas me preguntan si estoy preparando el retorno, porque me ven joven. Pero yo había decidido que me marchaba, que había cosas que no entendía. Y se daba una circunstancia, que me parece importante y que creo que marca alguna diferencia de aquel tiempo – que está muy cercano, en el fondo, con el actual-, y es que mucha de la gente que nos dedicábamos entonces a la política teníamos vida fuera de ella. Éramos profesionales: abogados, médicos, gente que tenía su negocio, profesores… y se volvía a dar clases, a llevar pleitos, a curar enfermos o a vender telas. Hoy me da la impresión de que hay muchísima gente que ha convertido la política en una forma de vida. Y no me parece que sea lo mejor.

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José Calvo Poyato./Foto: Irene Lucena

– Me imagino que la cena familiar de Nochebuena en su casa debe ser o muy entretenida, o no se habla de política.

– En mi casa se habla poco de política, lo cual no quiere decir que las cenas de Navidad no sean muy entretenidas. Recuerdo que cuando mi madre vivía a mi hermana Carmen y a mí nos decía siempre lo mismo: “¿Vosotros seréis buenos, verdad ?” Hablamos de muchas cosas y procuramos no hablar mucho de política porque no coincidimos en muchas de las cosas, como en cualquier otra familia, donde los hermanos pueden pensar de manera diferente, claro.