Monseñor Juan José Aguirre, obispo de Bangassou : “Cuando todos se marchan ante situaciones difíciles, la última que apaga la luz es la Iglesia Católica”


Monseñor Aguirre. / Foto: Irene Lucena

 

Monseñor Aguirre. / Foto: Irene Lucena

En realidad la labor misionera de este obispo comboniano, en estos días,  está aquí, en Córdoba. Su presencia, sus palabras, su mirada, en muchos casos son suficientes para recordarnos el mensaje del Evangelio a los que nos extraviamos en más de una ocasión, con la fe gastada por la comodidad, el ruido y las distracciones. Monseñor Juan José Aguirre (Córdoba, 1954) nos recuerda, con su testimonio, qué es lo que cuenta, dónde poner el foco y que lo verdaderamente importante es el amor. Que la vida es una y corta, y que es mejor dotarla de sentido y felicidad amando al prójimo como a nosotros mismos. Este es el mensaje principal, pero después vienen los detalles, y los detalles están en los pobres, en los que no poseen nada, en los explotados, en los apartados, en los lejanos que no cuentan para las noticias ni para casi nadie.

Él desarrolla su labor misionera en la diócesis de Bangassou, en la República de Centroáfrica. Y en los años que lleva allí ha salvado  muchas vidas a costa de  casi perder la suya. Se ha enfrentado a los ‘señores de la guerra’, a las multinacionales, al gobiernos corruptos. Pero ese enfrentamiento no ha sido violento, sino con la justicia como razón y la dignidad humana como algo innegociable. Y con fe. Mucha fe.

Su tierra natal ha respondido a ese trabajo con generosidad, y a través de la Fundación que preside su hermano Miguel, Córdoba ha donado, colaborado, ayudado y defendido la labor misionera no solo de este obispo, sino de todos los religiosos que se baten el cobre en lugares inhóspitos pero no dejados de la mano de Dios, porque la mano de Dios se alarga en las misiones, con las mujeres y hombres que envía allá a donde el hombre no quiere mirar. Este es el mes de esa labor misionera. El domingo 20 de octubre  se conmemora, como cada año, el Domund. Y hemos podido contar con el testimonio de monseñor Aguirre, que en muchos casos no es cómodo ni políticamente correcto. Pero que siempre está lleno de esperanza.

– Monseñor Aguirre ¿cómo se ha dejado usted la diócesis en esta última visita a Córdoba?

– Pues un poquito empantanada, porque la situación en Centroáfrica sigue violenta, aunque ya no hay las matanzas que había antes. La ONU ha puesto ya unas ‘líneas rojas’ para evitar que se cometan crímenes contra la Humanidad, pero 14 señores de la guerra siguen dominando Centroáfrica y haciendo impunemente todo cuanto quieren.

– Explicar esa situación en Occidente es difícil, porque llevan así muchos años. Y no solo en su diócesis, sino en gran parte del continente africano.

– Con las comparaciones uno se puede hacer una idea. Imaginad que el Gobierno español tuviera cuatro o cinco ministros extranjeros: albaneses, yugoslavos, griegos… y que fueran pagados por ello. Eso solo pasa en Centroáfrica. Que ese país tenga cuatro o cinco ministros que son criminales, señores de la guerra, pues eso es lo que pasa allí.

– La impresión es que con respecto a esa situación hay un silencio informativo muy grande ¿no?

– Sí, porque interesa que sea así. Los que estamos viviendo en Centroáfrica y en otros sitios asistimos al famoso dicho de ‘A río revuelto, ganancia de pescadores’. No conviene que haya ruido, porque mientras exista una cortina de humo enorme favoreciendo y provocando, incluso, luchas entre la población musulmana y no musulmana, compañías chinas, del Golfo Pérsico, americanas, europeas y canadienses pueden venir a buscar oro, manganeso, mercurio, diamantes y a intentar encontrar coltán, que es el mineral que más interesa ahora. En una zona controlada en un 80% por los señores de la guerra, no interesa que nadie venga a husmear. Que nadie publique ni escriba nada, para continuar con este robo de depredadores a Centroáfrica. Hace unos meses, un compañero misionero nuestro descubrió como una compañía china había desviado el curso de un rio en busca de oro. Habían traído maquinaria desde Pekín. Tienen un método de extracción para el que necesitan mercurio y habían contaminado las aguas. Hemos visto cómo debido a esa contaminación las personas contraían enfermedades, las mujeres abortaban y cómo la situación se hacía insostenible para la población local. Y mientras esa compañía china seguía extrayendo oro en cantidades industriales. Eso es preferible que no se sepa. Cuando mi compañero – italiano-  lo denunció, las autoridades lo llevaron a la cárcel. La Conferencia Episcopal se alzó en pleno para sacarlo de la prisión. Se pudo deshacer el entuerto y a la compañía china le han dado otro lugar.

Monseñor Aguirre. / Foto: Irene Lucena

– Si desconocido es lo que ocurre social y políticamente para el resto del mundo, aun lo es más la labor que está haciendo allí  la Iglesia católica.

– Desde luego. Cuando todos se marchan ante situaciones difíciles, la última que apaga la luz es la Iglesia Católica. Nos hemos quedado en situaciones de gran tribulación, como por ejemplo, en los campos de desplazados: el 97% de la inmigración, repito, el 97%, está dentro de los países africanos, que son 53. Son personas que huyen de la guerra o de situaciones tremendamente complicadas, e intentan pasar de un país a otro. Paises como Uganda,  ha recibido ya dos millones de refugiados del Sudán, que está en guerra civil. Dos millones, sin visado, sin pasaporte, sin encontrarse vallas ni policías a la entrada. Los han ido dejando pasar y forman parte de esos campos de desplazados. Sé que uno lo llevan los salesianos allí en la frontera, con 70.000 personas. En mi diócesis tenemos 12 campos de desplazados. Los que llegan aquí a Europa pueden ser el 3% de los subsaharianos, que son personas que les han pagado dinero sus familias y han cotizado para poder enviar a uno, atravesar el desierto, y si no ha muerto en ese inmenso cementerio que es el desierto del Sáhara, llegan a Europa.

No podéis imaginar lo que es un campo de desplazados. El Papa habla de periferias, y os aseguro que un campo de desplazados de 10.000 personas es una periferia en estado puro. Y allí viven durante años. Yo tengo uno a cien metros de mi casa, donde han venido a refugiarse 2.000 musulmanes de la población musulmana de Bangassou que hemos acogido en el Seminario Menor, porque corrían peligro de ser degollados.

“No podéis imaginar lo que es un campo de desplazados. El Papa habla de periferias, y os aseguro que un campo de desplazados de 10.000 personas es una periferia en estado puro”

– Es fácil encontrarnos a famosos apoyando a distintas ONG. Suelen sacar muchas fotos en la prensa. Sin embrago la Iglesia ha estado antes  y lo sigue haciendo. ¿No tienen altavoz?

– Yo sé que hay muchas oenegés que son magníficas. Hay otras muchas que son mediocres. Existen organismos que son estupendos: Médicos Sin Fronteras hacen un trabajo excelente aunque tengan un gasto logístico interno muy grande. Miro a Manos Unidas, a Ayuda a la Iglesia Necesitada, que nos dan muchísimo. En muchas ocasiones, los misioneros católicos somos conocidos a través de estas oenegés, y también Obras Misioneras Ponticifias nos hace la propaganda, por así decirlo. Pero no os podéis imaginar la cantidad de ‘publicidad’ que podríamos tener y no sale porque no nos  interesa tampoco eso. Nos  interesa estar con los más pobres, trabajando con ellos, con el pueblo de Dios, porque es allí donde nos lleva Dios: a trabajar, a hacer nuestra labor. Los periodistas sabéis que en muchas ocasiones tenéis informaciones de sitios que podrían ser muy importantes pero no poseéis un testimonio gráfico, de nadie que esté allí para sacar una imagen en televisión o unas fotografías. Vivimos nosotros esas situaciones y yo saco mis propias fotografías, pero no son para darle publicidad. En sitios difíciles es complicado encontrar un periodista que recoja la imagen, y sin imagen no se puede dar en muchas ocasiones la noticia completa.

Monseñor Aguirre. / Foto: Irene Lucena

– Estamos en el mes misionero y este domingo 20 de octubre se celebra el Domund. El lema de este año es ‘Bautizados y enviados’, en recuerdo de la carta Maximum Illud  proclamada por el Papa Benedicto XV, hace cien años. En ella animaba “a vivir las misiones en su esencia separándolas del colonialismo”. ¿Cuál es el colonialismo de hoy?

– El colonialismo definía a lo que ocurría hace cien años, pero en neocolonialismo sigue existiendo en África de una manera escandalosa. El neocolonialismo es llegar a países en forma de multinacionales y explotar las materias primas de esos países en beneficio propio. Y en África hay muchísimas, pagando muy poco. El trabajo misionero no consiste en la búsqueda de diamantes o de oro, de manganeso o coltán. Los misioneros buscamos enfermos de lepra, de sida, de ébola, o de situaciones de marginalidad, o de personas tremendamente vulnerables a los que vamos a echar una mano. En estos días nos están llegando niñas de 6, 7 u 8 años a las cuales grupos de mercenarios les han entrado en sus pueblos y les han matado a toda su familia. Han degollado a su gente y ellas han sido testigo de ello. Como querían sacar fruto de esos crímenes de guerra, hemos contactado con los criminales y al final nos han ‘vendido’ a las niñas. Digo ‘vendido’ porque hemos tenido que pagar por ellas. Hemos podido recuperarlas y recolocarlas en otros grupos, etnias o tribus, y han vuelto a la vida, por así decirlo.

El neocolonialismo es llegar a países en forma de multinacionales y explotar las materias primas de esos países en beneficio propio. Y en África hay muchísimas, pagando muy poco.”

Lo que buscamos los misioneros es la compasión y el amor. El Papa Francisco definía recientemente a las misiones como ‘un hospital de campaña’.  Y en ciertos sitios donde vivimos una situación extrema de guerra o de violencia, como es en Centroáfrica, pues allí damos amor, metemos amor en ese ‘agujero negro’. Dar esperanza, decirles a la gente que mañana será mejor, decirles a las chicas embarazadas después de haber sido violadas por la guerrilla que tienen un futuro, que pasen página, que curen heridas, que den gratuitamente el perdón y que vamos a empezar de nuevo. Con la fuerza de Jesucristo podemos ofrecer todo lo que hemos recibido de Dios. Hemos sido bautizados, hemos sido llenos de Su Espíritu, de su fuerza. Y una vez que estamos llenos y la hacemos nuestra, somos enviados para ir a repartir. Es como el movimiento de sístole y diástole de tu corazón. Recibes la sangre oxigenada por tus pulmones y cuando está bien caliente, limpia y preparada la tienes que soltar para que llegue a todas las personas posibles.

Lo que buscamos los misioneros es la compasión y el amor. El Papa Francisco definía recientemente a las misiones como ‘un hospital de campaña’.

– El Papa Francisco es particularmente crítico con el mercado y la globalización. Define al mercado como ‘un sistema injusto en su raíz’ porque ‘favorece la exclusión y mata’. Llega incluso a culpar al sistema y a esta exclusión de provocar el terrorismo islamista. Esto se puede entender como una lectura política. ¿No le preocupa que de esa lectura se puedan favorecer gobiernos populistas?

– Intentamos buscar la verdad, y muchas veces esta verdad es profética y no gusta. Y se nos tacha de hacer política. Puede ser que algunos lo interpreten así porque cada uno es libre de hacer sus propias interpretaciones. Pero lo que realmente nos interesa a nosotros es hacer lo que hace el buen samaritano, que se baja de su cabalgadura y a aquél que está en el suelo pateado por los ladrones no le pregunta si es hombre o mujer, blanco o negro, judío o musulmán, si tiene papeles o no tiene papeles. Lo monta en su asno y lo lleva al albergue para curarlo. Si preguntamos quién lo dejó herido en el suelo, quiénes son estos ladrones que lo han vapuleado y que han cometido contra él una injusticia, algunos pensarán que eso es hacer política. Pero, finalmente, la Iglesia dice que eso es hacer justicia. Y la justicia, muchas veces, va junto a la caridad.

“Intentamos buscar la verdad, y muchas veces esta verdad es profética y no gusta. Y se nos tacha de hacer política.”

– Europa no sabe qué hacer con los inmigrantes que se quedan en el mar.

–  Europa – yo hablo de subsaharianos- recibe el 3% de personas que han vivido un auténtico calvario. Es que no os  podéis ni imaginar lo que una muchacha que se ha bajado de una pasarela en Algeciras lleva en sus mochilas. Puede ser, por ejemplo,  que haya salido de Nigeria, de Benin City, que se ha convertido en la fuente de chicas jóvenes prostitutas en España.  Habría que investigar por qué de esa ciudad salen tantísimas mujeres que hoy ejercen la prostitución. Pero antes esta mujer ha tenido que ponerse en manos de alguien que la lleve en camión hasta el desierto, camión pagado por su familia que lo ha estado cotizando. Y ha llegado, posiblemente, a Tamanrasset, y allí los aduaneros de Argelia han parado el camión y han permitido que sigan todos menos las mujeres. Y se quedan allí las jóvenes, dos o tres meses, para ‘disfrute’ de los aduaneros. Luego, cuando consiguen volver a subirse a un camión y llegan a Tánger después de dos o tres años, muchas de estas mujeres son vendidas como esclavas. ¡En 2019!. Las llevan a un mercado, a Libia, y allí, gente con turbante las desnuda para elegirlas, les miran los dientes, los pechos, y dan un precio por ellas. Cuando estas mujeres logran que la familia les envíe más dinero, pueden compra su propia libertad. Tres años de auténtico infierno.

Llegan a Tánger y se encuentran 12 barreras. 12 mafias diferentes que tienen que pagar para pasar: una por el barco, otra por los papeles… Y cuando llegan a la playa empieza otra historia, que es la del Mediterráneo, ser rescatadas. Y si alcanzan Algeciras, comienza otro capítulo: asilo o no asilo, devolución en caliente o no… Hay que dejarlas. Son hermanos, son personas que llevan un auténtico calvario, un infierno. Démosles una oportunidad.

Monseñor Aguirre. / Foto: Irene Lucena

Yo estoy contentísimo de ver cómo hay muchos inmigrantes del Senegal que han conseguido instalarse en el Cantábrico, en la pesca. Mi hermano Miguel y yo hemos visto como en zonas como Zarautz o Zumaia los barcos de pesca tienen un patrón vasco y el resto de la tripulación es senegalesa, porque los vascos jóvenes ya no quieren hacer ese trabajo tan duro. Y cuando tras cuatro o cinco años esos senegaleses consiguen papeles, llaman a sus familias. Y es una inmigración que necesitamos, porque sus familias vienen con hijos, y esos hijos llenan las escuelas… Es decir, estos inmigrantes son hermanos. Lo cierto es que la televisión nos vende miedo, y esto es muy grave. Detrás de ese miedo hay personas  y tras esas personas, una experiencia de vida tremendamente dura.

– Ha hablado usted de su hermano Miguel, responsable de la Fundación Bangassou, una fundación que colabora tremendamente y con mucha generosidad con su diócesis. La última noticia es la campaña de medicamentos que un año más han negociado con el Colegio de Farmacéuticos, con la venta de lotería.

– Igual que antes hacías alusión a que mucho del trabajo de los misioneros no tiene un eco, no tiene repercusión, yo te aseguro que hay millones de personas en España que poseen un corazón bueno. Y que se dan, que trabajan en Cáritas, que ayudan a muchísimas personas. Y si no en Cáritas, en muchos otros sitios, como la Fundación Bangassou, ayudando a los misioneros. Personas que no salen en la televisión ni en los noticiarios. Cantidad de personas que no quieren aparecer, que de manera discreta, sin que su mano izquierda sepa lo que hace la derecha, trabajan para dignificar el mundo, hacerlo mejor. La televisión nos vende la parte negativa de nuestra sociedad y esconde la parte positiva, que es muchísima también.

– ‘Bautizados y enviados’ como lema de la jornada misionera. Pero, ¿realmente el hombre sabe hoy en día a dónde tiene que ir?

– Basta sentarte un poquito y reflexionar. El hombre de nuestro tiempo se da cuenta, como siempre, que tenemos una sola vida, que no hay otra de recambio, como una rueda de coche. Y cuando se nos acabe ésta, ya nos vamos a la eternidad. Cuando nos llegue ‘el 32 de diciembre’ ya no hay vuelta atrás. Entonces, vamos a aprovechar al que tenemos.

Y hay muchas personas que hacen esta reflexión y logran alejarse de la vorágine del consumismo, del capitalismo salvaje y consiguen dejar entrar en sus vidas sentimientos más nobles, de dignidad y sobre todo de amor al prójimo. También depende de las edades, porque es normal que de jóvenes no hagamos más que mirarnos el propio ombligo, pero llega un momento en la vida en que uno se da cuenta, si reflexiona, que será feliz si logra hacer feliz a alguien. Y a partir de ahí, te lanzas y conoces a otra gente que hace cosas buenas, te mimetizas con ellos. El otro día oí por la radio cómo un grupo de matrimonios, con los hijos mayores, decidieron hacer algo que concretara su fe y se pusieron de acuerdo para acoger en su casa a un ‘mena’ (menor no acompañado), chicos que están en centros de acogida por el Gobierno español. Estos matrimonios los ayudan, los acompañan, por ejemplo,  a las mezquitas para que lean el Corán. Yo te aseguro que muchos radicales islámicos son auténticos ignorantes del Corán. Y por eso los han manipulado. Así que estos matrimonios los acompañan para que sean religiosos y una vez que cumplan 18 años, se lancen en la vida. Estos matrimonios proceden de una experiencia de fe y se mojan de esta manera. Lo cual quiere decir que hay muchísima más generosidad de la que nos imaginamos.

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