"Nadie que te conociera pudo dejar de quererte"


El cementerio de Nuestra Señora de la Salud atesora la historia de decenas de generaciones de cordobeses

Cementerio de la Salud.
Cementerio de la Salud./Foto Luis A. Navarro

Cae la tarde del día de todos los Santos. La brisa tibia del exterior se torna algo más fría una vez se cruza el umbral del camposanto. Una familia contempla nichos y lápidas con cierto asombro. Deben ser turistas. En la primera tumba donde posan su atención, la imagen de San Rafael custodia al difunto. Hablan entre susurros, mientras miran a un lado y otro con la atención de la primera vez. La luz mortecina envuelve el cementerio de Nuestra Señora de la Salud, el camposanto que guarda los nombres -y los cuerpos- de quienes dieron vida a otra Córdoba, que se pierde por las rendijas permeables del tiempo.

La leve pendiente conduce al mausoleo de la Marquesa del Mérito, donde la flor forma una cruz sobre la lápida; la tumba de Machaquito; al clavel blanco sobre el cuerpo de Manolete… En las paredes, las hileras de nichos se decoran con flores aleatoriamente, mientras alguien pregunta, de forma discreta, si el difunto  ya no tendrá descendientes que le rindan homenaje.

Un grupo reducido de personas realiza un recorrido, donde una guía les explica la historia, la simbología de las plantas y el significado de las esculturas. El arte funerario se intercala con el paso del tiempo y las obras de restauración. La familia sigue avanzando y se detiene frente al monumento a los caídos por la República. Indagan en cada inscripción, en cada nombre. Uno de ellos lee la leyenda de arriba, y otro los versos de Miguel Hernández, que se incrustan en el suelo: No me olvides/que aún te recuerdo/debajo del plomo/que embarga mis huesos.

El paseo continúa. El rumor de la fuente da paso a la última hilera de nichos. En uno de ellos una mujer de avanzada edad ha detenido su mirada, como si siempre hubiese estado allí. Frente a la lápida de Juana puede leerse un epitafio que no deja indiferente a quien se detiene ante él y se pregunta cómo sería aquella mujer. Y es que, sobre las lascas arrancadas al mármol, puede leerse: “Nadie que te conociera pudo dejar de quererte”.

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