"Ya soy novio" y no precisamente de la muerte


Revivimos con Antonio, un aparejador cordobés y mecánico de una empresa automovilística en Granada, el día que se hizo 'novio' cuando celebra sus bodas de plata del estreno como cazador

Se cumplen las bodas de plata del día en el que Antonio, un aparejador cordobés y mecánico de una empresa automovilística en Granada, se hizo novio y su padre, con el que comparte nombre, ha querido celebrar los 25 desde aquel primer día en el que su hijo se hizo oficialmente cazador, desempolvando la transcripción que hizo con una antigua Olivetti de las notas del diario de su hijo ese primer día.
img_4552“Todo ha cambiado mucho”, recuerda a este periódico Antonio Serna, un delineante que ha recorrido el mundo realizando sondeos, pero que temporada a temporada regresaba a Córdoba una vez abierta la veda de caza estuviera en Chile, Asturias o donde fuese. Este año celebra, ahora que acaba de ser abuelo, cuando vivió con su hijo el relevo de una tradición que lleva en la sangre; “me he criado en Espiel, con mis siete hermanos, y antes siquiera de empezar a andar ya sabía cuál era la escopeta de caza de mi padre”. Su imagen con los perdigones colgados del cinturón, sentado en su banqueta de madera en su taller limpiando la escopeta la tarde antes de un día de caza es una foto fija en su memoria.

Fragmento del diario de Antonio Serna.
Fragmento del diario de Antonio Serna. /Foto: LVC

Por ello, el día que su hijo se estrenó matando un venado, el orgullo lo invadió y transcribió las notas que aquel niño hoy un recién estrenado papá había escrito en su libreta del colegio: “Cuando mi padre vino a levantarme, yo llevaba horas despierto preparándolo todo”. Pero quizá la parte de “siempre había admirado a mi padre, intentaba imitar alguna de sus características, como su saber sobre el campo, los animales o la mecánica” es la parte que más emociona al montero, dado que tal y como aquel niño anunció, el amor y el respeto por los animales son la máxima de su vida.
“Pero las cosas no son como antes”, dice Antonio (padre); el día que su hijo se hizo novio, Julián Contreras, un conocido perrero de Córdoba, le afeitó parte de la cabeza y celebraron el primer animal abatido cuando tan sólo contaba con 14 años y pasaba los fines de semana de octubre a febrero, lloviese o helase, sentado en un puesto junto a su padre, sus escopetas y algún tentempié para calmar al estómago.
Ahora las tradiciones se han relajado, las caracolas de los perreros persisten pero las nuevas tecnologías han restado ese algo de aventura a la actividad cinegética. Ahora todo es un poco más fácil. Hay más medios, más preparación, más negocio, más control.
“Pero la tensión por ver aparecer un animal sigue inmutable, ese nerviosismo, esa simbiosis con la naturaleza”. Cuando un montero está en su puesto se para el tiempo. Se silencia el Whatsapp, sólo suenan los pájaros, el ladrido de los podencos, el sonido de las ramas al moverse. Se siente el olor a campo. Ruge el estómago a las tres.
Fragmento del diario de Antonio Serna. (novio)
Fragmento del diario de Antonio Serna. /Foto: LVC

Para los inexpertos en el mundo cinegético, “hacer un entierro” nos lleva a pensar en tragedia. Para la perdiz de reclamo, se trata de cargar el tiro, un cuchicheo que emite cuando el cazador mata a otro ejemplar. “Yo pienso que es como un canto de triunfo, de celebración de derrota”, explica José Naranjo, otro experto en caza consultado por este periódico.
Comenta que la perdiz tiene cientos de cantos, uno de los más curiosos es el que suena como a besos, “cuando da piñones”, o cuando “da pie”, esto es, cuando cuchichea muy alto.
“¿Maticuelga o a repartir?”, no quiere decir nada de película de miedo, sólo es el acuerdo de antes de la caza; “o cada uno se lleva a casa lo que mata y se cuelga o se reparte a iguales entre todos”, explica Naranjo.
También cuenta que la “pepa” no solo se refiere a la Constitución de 1812 de las Cortes de Cádiz, sino que se llama así a las ciervas de más edad, que son las preferidas para abatir entre los buenos cazadores para dejar que los machos cubran a las más jóvenes.
Así hasta un sinfín de dichos, expresiones, además de todo el anecdotario tal como quedarse dormido en un puesto cazando el perdigón y que otro te levante la perdiz de reclamo, olvidarse la escopeta debido al madrugón y darse cuenta una vez que se está en lo alto de un monte… la caza es un mundo en sí mismo propio del costumbrismo andaluz más señero.

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