Regalo multitudinario de orejas en Pozoblanco


A pesar de los trofeos cortados, deslucido encierro de Albarreal, con toros de muy escasa bravura

Plaza de Toros de Pozoblanco ‘Coso de los Llanos’. Algo más de media entrada.
Toros de Albarreal, bien presentados, blandos y mansos.
Enrique Ponce (De purísima y oro): Estocada (palmas). Estocada (dos orejas).
David Mora (De manzana y oro): Pinchazo y estocada desprendida (palmas). Estocada desprendida (dos orejas).
Alberto López Simón: (De malva y oro) Estocada (dos orejas). Estocada (oreja).

Alberto López Simón, ayer en Pozoblanco
Alberto López Simón, ayer en Pozoblanco. /Foto: A. J.

La corrida de Pozoblanco debería servir para hacer una reflexión seria a todos los taurinos. Si la realidad es la que dibuja el festejo celebrado en el Coso de los Llanos, mal camino lleva la tauromaquia. Sin emoción, con toros sin raza que no se sostienen en pie y simulando la suerte de picar, todo se convierte en un teatrillo que cada vez concitará menos interés. De poco vale que la técnica de los toreros sea cada día más perfecta, según dicen, que se toree más despacio y todo lo que nos quieran contar. Si el público no siente que lo que se está desarrollando en la arena está reservado a unos privilegiados que con su arte y compromiso cuestionan su valía personal y artística, no vale nada. Poco importan las orejas, las poses toreras y los derroches de valor. Y así las cosas, el público más festivo se adueña de la opinión y oculta las muestras de desagrado de los más prudentes. Todo vale. Pero, ojo, si en algún lugar del mundo no todo vale es en una plaza de toros.
A Enrique Ponce le cupo en suerte un primer toro que se sostenía de puro milagro. En su segundo tiró del añejo repertorio suyo tan aplaudido, compuesto de esa apariencia de exquisitez marca de la casa, que mezcla en igual proporción la composición estética con la ventaja de picos, colocaciones fuera de cacho, olvido de ajustes y remates arriba. Pero todo vale. Y todo el mundo subyugado por la suficiencia y una maestría que abruma a una mayoría convencida de que lo que ve es pura destreza cuando son ventajas y trampas de prestidigitador.
En el primero de David Mora se simuló la suerte de picar, como en toda la corrida. Alarmante realidad. Labor de enfermero, sin emoción, con un toro que pedía una cama para recostarse. Así, de nada sirve la técnica y el poder si no hay ante quien demostrarlo. Arrimones que se tornan en ridículas poses si enfrente hay una momia. Mora optó por colgarse de los pitones, apuesta segura viendo cómo iba la tarde. En su segundo optó por el mismo camino. Toreo sin acople, a media altura, sin rematar ningún muletazo y toreando hacia fuera. Triunfo del medio muletazo y la mirada cómplice al tendido en búsqueda de la aprobación.
López Simón saludó airoso a su primero. Este toro tuvo una poquita de más fuerza. Temple y composición fueron sus argumentos, pero… Así, se inventó una faena ante un un fraile franciscano. El último salió con muchos pies, pero sólo fue apariencia, porque antes de entrar al caballo ya se había parado. Incluso se cayó por una zancadilla que le puso el propio matador, a lo Sergio Ramos. Labor de auxiliar de clínica. No hay más. Preocupante panorama.

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