Regalar por san Valentín

Regalar por san Valentín puede ser cosa loable, inexorable, mortificante, rutinaria, ilusionante entre otros muchos adjetivos calificativos. Pudiéndosele añadir la cuestión de la consabida “cena con baile” y demás aparejos y todo ello con la también recientemente consabida posibilidad de que como todo santo pueda tener su novena de celebración, bien a priori o bien a posteriori. Hecho el preámbulo, convendría comenzar por considerar si realmente hay algo que celebrar o si más bien la motivación más ultima no pasa de la rutina o “el que dirán”. Para facilitar tan ímprobos razonamientos se anexa elemental test, bien para el descubrimiento de las motivaciones, bien para el aliento de las mismas – siempre que tengan, claro está, algo de mínima loa -.

Merece la pena regalar si con C. S. Lewis entiende y afirma: “¡Qué nuestros sentimientos no mueran ni nos maten”.

Merece la pena regalar si con J. Pieper se entiende, se pregunta y se afirma que con el amor “se da algo así como un sonrojo: Cuando una persona se siente amada experimenta vergüenza […] Pero, ¿no se avergüenza más bien porque al amarse lo hacen mejor de lo que realmente es?”.

Merece la pena regalar si con un Chesterton “recién prometido” eres capaz de aseverar a “tu partenaire”: “Perdonarás, estoy seguro, al tan recientemente nombrado Emperador de la Creación, por haber tenido tanto que hacer esta noche antes de tener tiempo para hacer lo único que merece la pena […] Aunque un solo vistazo permite imaginar más bien poco, he descubierto que en realidad hasta hoy mi vida ha transcurrido en la penumbra más intensa… Intrínsecamente hablando, ha sido una vida muy alegre, pero lo cierto es que nunca he sabido lo que significa ser feliz hasta esta noche. Ser feliz no es estar pagado de uno mismo, en absoluto, ni estar tranquilo o satisfecho como lo estaba yo hasta hoy. La felicidad trae consigo no ya la paz, sino una espada; te sacude como el jugador agita los dados al lanzarlos; te deja sin habla, te nubla la vista. La felicidad es más fuerte que uno mismo y notas palpablemente cómo te pone el pie encima del cuello. […] No creo exagerar al decir que jamás en mi vida te he contemplado sin pensar que te hubiera subestimado anteriormente. Con todo, hoy ha ocurrido algo fuera de lo normal: has ascendido siete cielos de una carrera. […] Me invade una gran sensación de inutilidad, es un sentimiento maravilloso que me hace cantar y bailar, aunque técnicamente con bastante poca gracia. Hasta mañana, ¡por supuesto! Deberías sentirte inclinada a rechazarme y te ruego que lo hagas; no logro imaginar por qué no lo haces, pero supongo que tú sabes lo que haces mejor que yo”.

Merece la pena regalar si, también, con Chesterton eres capaz de decir a los cuatro vientos: “Uno de los misterios del matrimonio (que debe ser un sacramento y uno extraordinario además) es que un hombre claramente inútil como yo pueda llegar a ser indispensable en ciertos momentos. Pero lo más raro de todo (y le invito a que me lo explique desde un punto de vista espiritual) es que ese hombre nunca se sienta tan insignificante como cuando sabe que lo necesitan”.

Merece la pena regalar si, y esta es la última cita, con Chesterton manifiestas: “Hemos leído innumerables páginas sobre el amor que hace el sol más brillante y las flores más llamativas y en un sentido es cierto, aunque no en el que yo quiero decir. Ese es un sentimiento que hace que el mundo cambie, pero el niño vive en un mundo inmutable o, al menos, el hombre siente que es él quien ha cambiado. Ha cambiado mucho antes de acercarse a la gran y gloriosa agitación del amor de mujer, y eso guarda en sí mismo algo nuevo, sólido y crucial; crucial en el sentido literal de que está tan cerca de Caná como del Calvario. En este caso, lo amado se convierte instantáneamente en aquello que puede perderse”.

Finalmente – hasta aquí el autoexamen – merece la pena regalar si con San Juan Crisóstomo eres capaz de pronunciar lo que el santo sugería a los jóvenes esposos para que razonasen con sus esposas: “Te he tomado en mis brazos, te amo y te prefiero a mi vida. Porque la vida presente no es nada, mi deseo más ardiente es pasarla contigo de tal manera que estemos seguros de no estar separados en la vida que nos está reservada … pongo tu amor por encima de todo, y nada me será más penoso que no tener los mismos pensamientos que tú tienes” (hom. in Eph. 20, 8).

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