Nasara

Tipos como el converso inglés J. H. Newman (s. XIX) – ya dijo el Guerra torero que “hay gente pa’tó” – han dedicado sus vidas a pensar y repensar asuntos como “considerar la historia del crecimiento y establecimiento del cristianismo, e investigar si se trata de una historia que pueda reducirse, a fuerza de sutilezas filosóficas, a la acción ordinaria de las causas morales, sociales o políticas”. Ni que decir tiene que en tales lides conviene huir de la ingenuidad ya que “[…] si damos un folleto sobre el fuego del infierno a uno de los muchachos abandonados de una de las grandes ciudades que no tenga educación ni tenga fe, en vez de impresionarse, se reirá de algo espantosamente ridículo”.

En resumidas cuentas, dedicar una vida – sin olvidar otras obligaciones – a responder preguntas como las que siguen: 1) “¿Cómo, pues, fueron vencidos estos paganos por la bondad de aquellos que ellos miraban con tanto disgusto?”. 2) “¿Cómo, sin la intervención de Dios, hubiera podido una idea nueva, en todas partes la misma, entrar enseguida en millones de hombres, mujeres y niños de todas clases sociales, especialmente de las más pobres, y tener poder para arrancarlos de sus debilidades y de sus pecados, y esforzarlos contra los tormentos más crueles, y durar en su vigor y en su influencia confortante por siete u ocho generaciones hasta que fundó una organización externa, rompió la obstinación del gobierno más fuerte y más prudente que el mundo ha visto, y se abrió camino desde las primeras cuevas de las catacumbas hasta la plenitud del poder imperial?”.

Para responder a tales preguntas Newman ha contado con el peso específico de otros interrogantes y planteamientos anteriores en el orden del conocimiento como el papel de la conciencia en la búsqueda de Dios. La cuestión de Dios en el pensamiento humano ha tenido siempre un tema al que se ha vuelto, tanto a favor como en contra, una y otra vez: el testimonio del Absoluto en la conciencia. En una palabra, se puede decir que el valor de la conciencia como argumento y prueba a favor de Dios y su existencia siempre ha sido bandera discutida. De ahí que el ya citado y querido Newman, para muchos el “Gran Maestro de la Conciencia”, al final de su obra más filosófica – véase Ensayo para contribuir a una Gramática del Asentimiento –, después de haber ayudado a reflexionar sobre el papel de la conciencia, termine sorprendentemente el libro con una reflexión sobre el martirio y con la que acredita la realidad del martirio como gran fuerza impulsora del cristianismo. No en vano los mártires constituyen los grandes testimonios históricos de la conciencia. En esta perspectiva se comprenden con claridad sus palabras: “El que quiera, puede decir que esta conducta es locura o arte mágica. Pero que nadie haga mofa de nosotros y venga a decirnos que estos niños [Se refiere a los niños mártires de los primeros siglos de la Iglesia] obraban simplemente por el deseo de la inmortalidad o por efecto de una organización eclesiástica”. Y en otro pasaje: “He de añadir una observación: era justo que aquellas heterogéneas e incultas multitudes que durante tres siglos sufrieron y triunfaron en virtud de la visión interior de su divino Maestro fueran escogidas, como sabemos que lo fueron en el siglo IV, para ser los campeones especiales de su divinidad y los enemigos victoriosos de sus impugnadores, en un tiempo en el que el poder civil que los había hallado demasiado fuertes para sus armas intentó, por medio de una monstruosa herejía en los altos puestos de la Iglesia, robarles aquella verdad que había sido en todo tiempo el principio de su fuerza”.

A estas alturas del artículo solo me resta confesar que no fui el pasado martes 28 de noviembre a nuestra Catedral cargado con las obras completas de J. H. Newman – Un servidor carece de esos artefactos en los que en unos pocos milímetros tendría cabida la Biblioteca de Alejandría – pero si también confesar que lo dicho hasta el momento vino a mi memoria al contemplar la Exposición Nasara. Extranjeros en su tierra [Del 26 de noviembre de 2017 al 7 de enero de 2018 en la Santa Iglesia Catedral de Córdoba]. Luego, con mi amigo Newman, “veni, vidi y quedé vencido, convencido y subyugado” por la belleza de la mozarabía y su fe, su entusiasmo y la fuerza de sus mártires.

¡Por lo que más quieran! ¡Vayan a la exposición!

3 respuesta a “Nasara”

  1. ¿QUE ES PECADO?, ¿DE QUE DIOS HABLA, DEL MIO O DEL SUYO?. SOLO HAY UN DIOS QUE ES EL QUE DICE QUE HAY QUE VOTAR A LA DERECHA CONSERVADORA, ¿CON QUIEN CREE USTED QUE ESTA HABLANDO?, ¿CON UN ANALFABETO?, ¿CONOCIO USTED AL PAPA JULIO QUE DESPUES DE MATAR A UN MONTON DE HOMBRES EN LA ESCALINATA DEL VATICANO BENDECIA A LA MULTITUD?, YO CREIA QUE DEFENDIA EL PESEBRE DONDE NACIO JESUS, PERO NO CONQUISTABA Y MATABA POR AGRANDAR ESE PESEBRE. ¿ESE ERA EL MENSAJE DE JESUS?, ¿MATAR PARA POSEER?. ESOS MITINES YA NO CUELAN. EL DEMONIO Y EL INFIERNO PARA LOS POBRES, NO SEA QUE TE QUITEN A TI A LOS TUYOS EL PODER Y EL DINERO. Y PENSAR QUE PARA USTED Y LOS SUYOS ESE ERA EL REINO DE JESUS. ¡¡¡PERO QUE ASCO DAIS!!!

  2. En lo que a mí respecta todos somos un poco extranjeros en nuestra tierra… En mi pequeña luz, note la conversión y ore en ese ello lugar de nuestra catedral cordobesa.

  3. La Exposición Nasara es magnífica. Hay que ir a verla.
    Solo tengo dos comentarios en contra: 1) La letra de los carteles es demasiado pequeña y 2) hacer referencias al “terror del año mil” no es un dato histórico, ya que se trata de una construcción muy posterior.

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