La Diada

En plena Revolución Francesa el mismísimo Rousseau recomendó que se sustituyera el culto cristiano por otro en que la nación se adorase a sí misma. Robespierre, su discípulo, hizo realidad esa propuesta. El 8 de junio de 1794 la joven República francesa celebró la “Fiesta del Ser Supremo”, en la que estuvo a cargo del famoso pintor David la escenificación de una nueva liturgia donde el pueblo pudiese reconocerse y expresarse. Pero el acto festivo fue sólo el punto culminante de una serie de hechos. Con anterioridad se había profanado Nôtre Dame de Paris para adorar allí a la “Diosa Razón” quitando el puesto a la Madre de Dios. En resumidas cuentas: la “Marianne” que encarnaba la Revolución, a semejanza de la Madre de Dios.

Dicho lo cual, cabría preguntarse si esta Diada’2017 es sustitutiva de algo y si ofrece una nueva fe y un nuevo culto. La cuestión es realmente compleja y temeraria, más si se observa con tantos kilómetros de distancia y con un conocimiento que no pasa de alguna que otra visita a la Sagrada Familia o de un par de días en Port Aventura. Si bien, parece que los últimos años y especialmente los últimos meses, darían que pensar sobre algún que otro “asuntillo” obviado por parte de aquellos que tendrían que organizar las nuevas “solemnidades” y “fiestas”. Aunque – todo hay que decirlo – no parece que la “Moreneta” vaya a ser sustituida por la Sra. Ferrusola o un monumento al “pan amb tumaca”, por ejemplo.

Cuestiones obviadas – y en las que parece que no termina de resonar con una especial claridad la voz de los Pastores de la Iglesia que peregrina en Cataluña – podrían ser, entre otras, las resultantes de una lectura atenta a textos como el que sigue de San Juan Pablo II, al cumplirse los cien años de la determinante encíclica Rerum Novarum: “Cuando los hombres se creen en posesión del secreto de una organización social perfecta que hace imposible el mal, piensan también que pueden usar todos los medios, incluso la violencia o la mentira, pare realizarla. La política se convierte entonces en una ‘religión secular’, que cree ilusoriamente que puede constituir el paraíso en este mundo. De ahí que cualquier sociedad política, que tiene su propia autonomía y sus propias leyes no podrá confundirse con el Reino de Dios” (Encíclica Centesimus Annus (1991), 25).

Si en su día San Francisco Javier suspiró por haber podido acudir a la Universidad de la Sorbona de Paris a decir unas cuantas verdades a los cuatro vientos; con cuánta mayor urgencia convendría que resonasen en San Clemente de Taüll, en Santa María de Ripoll o en Santa María del Mar palabras como las de Luigi Giussani, en su Curso básico de Cristianismo: “La comunidad es una dimensión y una condición indispensable para que la semilla humana dé su fruto. Por eso la verdadera persecución, la más inteligente, es la que ha usado el mundo moderno […] es el veto que el Estado moderno intenta poner a la expresión de la dimensión comunitaria del fenómeno religioso. Para el estado moderno, el hombre puede creer en todo lo que quiera – es asunto de su conciencia -, pero sólo si esta fe no implica como contenido suyo que todos los creyentes sean una sola cosa y que, por eso, tengan derecho a vivir y expresar esta realidad. Impedir la expresión comunitaria es como cortar de raíz el alimento de la planta; la planta morirá poco después” (El sentido religioso, 188-189).

Si como afirmaba Chesterton “la misión de un gran campanario o de una estatua es golpear al espíritu como un rayo con un súbito sentimiento de orgullo”; si “deberían elevarnos con ellos en el aire noble y vacio”, ¿a qué orgullo?, ¿a qué aire noble apelan las campanas de la Iglesia catalana en esta “Diada”?

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