Un libro para cada cura de Granada

Hace unos días leía en el prologo de un libro que el mismo libro hubiera querido ser “un regalo a mis sacerdotes y seminaristas de Granada”. El citado prólogo se encuentra en la obra del teólogo norteamericano William T. Cavanaugh que lleva por título Tortura y Eucaristía – ¡Ahí es nada! – y lo escribe Javier Martínez Fernández, arzobispo de Granada.

Luego la “pregunta de cajón” – y no de cordobés que pregunta lo que ve – sería: -¿Qué enseña el libro para que el arzobispo de Granada lo hubiera querido regalar a cada uno de sus curas? ¿Qué misterioso secreto guarda? ¿A qué se refiere cuando dice que el propósito de la publicación es “ayudarnos a todos a considerar aspectos de la experiencia y de la fe cristianas que no solemos tener en cuenta”?

Partamos de una constatación en este breve recorrido por las 460 páginas del libro: “Algunos quieren una Iglesia desencarnada, una Iglesia ‘con las manos limpias pero sin manos’ (Péguy dixit). Pero, ¿podemos imaginarnos que Dios no se preocupa de los niños malnutridos, del terrorismo y de la tortura, de los derechos de quienes trabajan sin dignidad? Y si eso fuera así, ¿por qué iba a haber fundado el Señor una Iglesia que es ‘humana, histórica, visible’?” (187).

Puede que se haya incurrido en un error y que vivamos sin darnos cuenta en ese mismo error: “La Iglesia se equivocó, en primer lugar, la identificar la totalidad de la ‘política’ con la actividad de los partidos y, en segundo lugar, al apartarse deliberadamente como cuerpo de la esfera de ‘lo político’. La Iglesia creó para sí misma una esfera llamada de ‘lo social’, que era la única en la podía actuar como Iglesia, creando con ello un vacío en “lo político” que sería ocupado por intereses del estado cada vez más poderosos” (228). En otro pasaje se añade: “No hay conciencia de que la Iglesia misma está llamada a ser un cuerpo en algún modo análogo a los otros cuerpos sociales” (235).

Las vías de solución, según el libro, vendrán en la medida en que se preste atención a personajes como el filósofo Alasdair MacIntyre “cuando nos recuerda que los modernos estados-nación sencillamente no son el tipo de comunidad mediante la cual puedan fomentarse verdaderas virtudes y pueda realizarse el bien común. Allí donde aparecen en el mundo moderno auténticas comunidades de práctica aristotélica-tomista, se constituyen como resistencia frente al estado-nación” (321).

Luego no se trataría de una “política alternativa cristiana” sino de “disciplinas alternativas, de imaginaciones alternativas, de representaciones alternativas, porque la Iglesia no está llamada a presentarse como un nuevo tipo de polis. La Iglesia no es ni una polis ni un oikos, sino una alternativa que reconfigura radicalmente la dicotomía entre lo público y lo privado que ha sido usada para domesticar el Evangelio” (434).

Por ir terminando y para despertar conciencias: “Los cristianos de la modernidad han aceptado con frecuencia un trato con el diablo, según el cual se le concede al estado el control sobre nuestros cuerpos, mientras que la Iglesia, supuestamente, guarda nuestras almas. Este acuerdo ya sería suficientemente malo si se quedase ahí. Pero no se puede esperar que el estado se limite a sí mismo a controlar nuestros cuerpos; colonizará también nuestras almas. Una fe secular no permanecerá por mucho tiempo confinada en un supuesto ámbito de lo temporal; el dios secular es un dios celoso” (322).

El avispado lector podrá decir que de lo dicho nada aclara la temática del título: Tortura y Eucaristía. La cuestión queda para una lectura sosegada y preestival altamente recomendable. –Un servidor lanza así el guante “como el que no quiere la cosa” -.

Lector inquirat.

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