Reír o llorar

La verdad es que con las noticias que están saliendo en prensa estos últimos días, uno no sabe si reír o llorar. Y no son pocas a las que le ocurre esto.
Comienzo con una, que la verdad, me produjo primero indignación, pero no puedo negar que luego hizo que lleve carcajeándome varios días, cada vez que me acuerdo de ella. Un grupo de “personas”, (me gusta tenerles algo de respeto aunque ellos no sepan de lo que hablo), se reunieron en Vizcaya para echar abajo un monumento de piedra. Se trata de una cruz de la época del general Franco. Blanco y en botella. De la época franquista y cruz!!!!.
Estos mal llamados progresistas, liberales, laicistas y cuantos apelativos quieran ponerse que no les acompañan absolutamente en nada con lo que son en realidad, en honor a la libertad (a la suya), deciden derribar el monumento, que ya había sido objeto de atentado físico en no pocas ocasiones con anterioridad sin conseguir el objetivo de su derrumbe. El gobierno municipal organizó el derribo como si fuese una fiesta, colocando una bandera separatista catalana y otra vasca (no se a cuento de qué) junto a la zona de derribo. Pero parece que en ésta ocasión la suerte cambia y tras atar sogas entorno al mismo, consiguen echarlo abajo, con tan mala fortuna que el monumento se les cayó encima a varios de los espectadores que estaban disfrutando con el espectáculo, dejando heridos de diversa consideración.
Y no, no es la cosa como para reírse, pero si esto es serio, la paradoja es que a los heridos los trasladaron a un hospital inaugurado por Franco al que se le puso el nombre en honor a un falangista, (ya hay que tener mala suerte), y allí se encuentran recuperándose de sus heridas (aunque no sabemos cuánto tardará en quitárseles el sarpullido que les ha tenido que salir como reacción a tanta “toxicidad”).
La otra noticia, que en ningún momento me ha producido ni la más leve sonrisa, sino más bien al contrario, una tremenda tristeza, es la postura de determinados grupos políticos ante la celebración del 20 aniversario de la muerte de Miguel Ángel Blanco. He de confesar que siempre me llama la atención que una ciudad como Córdoba, Patrimonio de la Humanidad, sólo salga en las noticias por ser la más calurosa o porque los políticos de turno vuelven a la carga con la polémica de la Mezquita-Catedral. Únicos y repetitivos temas por los que de vez en cuando, el resto de España, sabe que existe Córdoba.
Pero ahora surge otra noticia que nos hace salir en primera plana: Córdoba, una de las ciudades en las que no ha sido posible un texto que recogiera por unanimidad, el rechazo de todos los grupos políticos al asesinato de Miguel A. Blanco. IU y Ganemos boicotearon el texto de la Fundación Miguel Ángel Blanco como declaración, a lo que después se sumó el PSOE. Todo ello desencadenó un cruce de acusaciones entre los políticos de los distintos grupos que desembocó en el abandono del salón de Plenos del Ayuntamiento cordobés por parte de los concejales populares.
Cuánta tristeza el navegar con tibieza justo en las ocasiones donde más unidos y de forma más radical habría que demostrar que la política no es defender “mis” intereses, sino estar al servicio de la sociedad.

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