La eternidad en los ojos de su nieta

Hace mucho, tanto que parece que fue en otra vida, escribí una breve dedicatoria que rezaba algo así como: “para los hombres que sobreviven en el corazón de otros hombres”. Quizá no era muy original, pero era lo que pensaba y lo sigo sintiendo. Nadie se va del todo, mientras haya alguien que te recuerde.

Es una forma de eternidad limitada, en comparación con la verdadera, pero es el calor cuando aprieta el frío y la luz en mitad de la oscuridad de una noche de Navidad. La muerte siempre está ahí, incluso antes de que tengamos conciencia de ella, pero es solo un paso hacia el Reino prometido. Mientras en la vida terrena, quienes permanecemos recordamos siempre (al menos, yo cada día), a quienes hicieron de la nuestra una sonrisa franca y dejaron en nuestra infancia el olor a tierra mojada y tardes de sol y azul.

Y no es un caso único. Cuando revivo el mío siempre pienso en David, y todo lo que le unía a su abuelo. Mientras hoy, la protagonista es María. Lo que conozco de Pepe, “el del Caballo Rojo”, es a través de ella, de sus palabras y ese brillo en los ojos de su nieta siempre que hablaba de él. El mismo que solo brota del cariño, que inevitablemente conduce a la admiración, a la entrega, al amor verdadero, sin límites.

Los días pasarán y las obras siempre quedarán. Y, como decía Enrique, se ha ido un tipo que vivió persiguiendo y alcanzando cada uno de los sueños que se imaginó. Le contaré a mi hijo que su bisabuelo es, fue y será una leyenda en Córdoba. Pero lo más importante es que vivirá en la mirada de quienes le quisieron. Una pequeña dosis de eternidad, para la que no hacen falta palabras, solo una mirada.

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