La vida agrícola de Córdoba a través de sus calles

Córdoba
Vista de la plaza Aladreros./Foto: Paco Román

 

En nuestro artículo titulado “La calle como fuente de conocimiento” decíamos que la toponimia surge con el fin de organizar un sistema de comunicaciones que facilitara el desplazamiento por la ciudad. Inicialmente y hasta épocas relativamente recientes, las denominaciones nacían espontáneamente, sin normas establecidas, de modo que en unos casos aludían a algún personaje significativo de la población o, como ya ocurre en época romana y se generaliza durante la Edad Media, muchas calles serán conocidas por la existencia de establecimientos que servían como referente, o bien en ellas se agrupaban los distintos gremios asentados en la población, lo que nos da una idea de cómo se distribuían los oficios por el espacio urbano, así como las bases sobre las que se sustentaba la vida económica de la ciudad. En este artículo vamos a detenernos en esas calles, algunas de las cuales conservan sus nombres medievales y que aluden a profesiones u oficios. Para acercarnos a la Córdoba anterior al siglo XIX, momento en que comenzamos a disponer de planimetría, la variedad de fuentes es amplia, comenzando por los fondos documentales atesorados en los archivos públicos y eclesiásticos, continuando por las numerosas fuentes literarias existentes, procedentes tanto de los eruditos locales como los trabajos publicados por historiadores, hasta llegar a la publicidad de periódicos y revistas, en este caso para tiempos más próximos a nosotros.

Desgraciadamente, en el caso de nuestra ciudad, el primer plano de que tenemos constancia es “relativamente” reciente, data de 1811, se trata del famoso plano elaborado, siguiendo procedimientos de geometría subterránea, por el ingeniero de minas Barón de Karvinski y el ingeniero de puentes y calzadas don Joaquín Rillo, realizado a escala de cien estados decimales de “a dos baras castellanas” cada uno, equivalencia aproximada a la escala 1/1200, el conocido popularmente como “ Plano de los franceses”. Este documento excepcional aporta una visión de cómo pudo ser la Córdoba medieval, tanto en su trazado como, y es lo que nos interesa, el nomenclátor de la época. Presenta la curiosidad de que el Guadalquivir aparece situado en la parte superior del mismo. A título anecdótico, diremos que el plano original, de 1825 x 2265 mm, fue “encontrado” por un ordenanza municipal en la década de los años 80 del pasado siglo, quien dio la voz de alerta al toparse en un almacén con algo enmarcado que debía ser muy antiguo.

Hay que esperar a 1851 para que Don José Mª. de Montis Fernández, bajo la supervisión del arquitecto Don Pedro Nolasco Meléndez, realice un nuevo plano a partir del precedente de 1811. En esta ocasión, está orientado al norte y nos ofrece una abundante y jugosa información sobre la ciudad, ya que en sus márgenes se relaciona todo el callejero organizado en 13 parroquias. Además aparecen referenciados 13 conventos, 20 “hermitas” (sic), tres santuarios, seis hospitales, 12 puertas y siete molinos.

Atendiendo a la información que nos ofrecen tanto las fuentes escritas como la planimetría, lo primero que salta a la vista es el hecho de que Córdoba es una ciudad, básicamente agrícola que trabaja el campo o depende de lo que en él se encuentra, aunque no es menos cierto que también existía también un elevado porcentaje de población relacionado con actividades propiamente urbanas de transformación e intercambio destinadas al consumo interno, y ello queda reflejado en su callejero. En este artículo nos vamos a centrar específicamente en las calles que giran en torno a la actividad agraria.

Vista de la plaza del Padre Cosme Muñoz, antes plaza de las Cañas y,
con anterioridad, plaza de los Burros./Foto: Paco Román

Obviando el momento exacto en los que se produjeron, veamos algunos de aquellos nombres: comprobamos que hubo cuatro enclaves que, en algún momento, fueron conocidos con el nombre de “Aladreros”, esto es, los carpinteros que construyen o reparan arados y aperos de labranza. En el plano de los franceses aparece en su ubicación actual, muy cerca de la que entonces era conocida como calle “de la Madera Alta” (Eduardo Dato), para distinguirla de la calle “de la Madera Baja” o “de la Madera” (Tejón y Marín) mientras que las otras tres calles que en algún momento fueron conocidas por este mismo nombre son las actuales “Cárcamo” y “Costanillas” así como la plaza de “Antonio Fernández Grilo”. La calle “Alfayatas”, es decir de los sastres, recibe el nombre ya en 1436, pero antes fue conocida por la “Albardería”, lugar donde se fabrican albardas para los animales de tiro (1356) y, poco después, “Alcaicería” o calle con tiendas dedicadas a la venta de seda (1386). Relacionada con esta industria figuró la actual calle “Adarve” con el nombre de “Curadero de la Seda”. Desde época bajo medieval pervive el topónimo de la calle “Mucho trigo”. Continuando con esta tónica, tenemos la calle del “Aceituno” que, con anterioridad fue conocida como “de los Aceituneros”. Desde el siglo XV la plaza de la “Alhóndiga” recibe su nombre por encontrarse en ella este establecimiento dedicado al almacenamiento y comercio del grano. La calle de “la Paja” y la actual plaza del “Padre Cosme Muñoz”, antes “de las Cañas”, primero recibieron el nombre de calle y plaza “de los Burros”, porque en ellas debieron de concentrarse los tratantes de estos equinos. Por último, encontramos la popular calle de la “Espartería”, nombre popular con el que sigue conociéndose la actual calle “Rodríguez Marín”, así como la plaza “del Esparto”, hoy renombrada con el nombre de “Especieros”. Industria auxiliar de estas mencionadas era la de la fabricación de sillas y así encontramos “la Sillería”, en las actuales calles “Romero Barros” y “San Francisco”. Esta última también recibió el nombre de “la Toquería” o “de los Toqueros”, fabricantes de tocas y calle “de la Ropa vieja”. También un tramo de la actual calle “San Fernando” recibió esta denominación.

A modo de resumen que viene a corroborar esto que contamos, acudimos a la “Feria de los discretos”, donde Baroja nos ofrece toda la amplia panoplia de oficios y profesiones que existían en la Córdoba del último tercio del siglo XIX. A lo largo de tan jugosa novela encontramos la presencia de aperadores, cabreros, carboneros, carreteros, hortelanos de ruedo, es decir que trabajan las huertas colindantes con el perímetro de la ciudad y labradores de cortijos. También aparecen artesanos relacionados con el mundo agrícola: carpinteros y cesteros, esparteros, piconeros, piñoneros y hasta vendedores de hiervas medicinales.

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