Juan Latino o el triunfo del estudio y la constancia

Retrato que ilustra la portada del libro titulado “Juan Latino” del escritor José Vicente Pascual.

Comenzamos nuestro recorrido por las calles de Córdoba en el popular Barrio del Naranjo, con una que recuerda a un personaje de nuestra historia patria ciertamente desconocido, pero que es merecedor de ocupar un puesto estelar, dadas las circunstancias que concurrieron en su vida: la calle Juan Latino, con acceso desde las calles Téllez de Meneses, Santas Flora y María, Marfileros y Batalla del Salado.

Juan de Sesa, Juan el Negro o “Juan Latino” como fue conocido en su época, (¿1518?-1596). Según cuenta en su propia autobiografía, llega a España con su madre cuando aún era muy niño desde la lejana Etiopía, donde fueron capturados por un grupo de mercaderes de esclavos que los venden en Moguer, pasan a Sevilla donde fueron comprados para la viuda del Gran Capitán, don Gonzalo Fernández de Córdoba. Esta señora vivía en Baena con su hija, viuda del Duque de Sesa, y el hijo de ésta, Gonzalo, que tenía aproximadamente la misma edad que Juan, por lo que se calcula que la fecha de su nacimiento debió ser entre 1518 y 1520. Ya instalado en la localidad campiñesa, trabaja como paje del pequeño Gonzalo, compatibilizando esta labor con la de mozo de mulas. Se cuenta que, ante la duda de que los negros tuviesen alma, y creyendo que estarían más expuestos al demonio que cualquier cristiano blanco, Juan de Sesa llegó a ser bautizado hasta cinco veces “por si acaso”. Fue la terquedad de su joven amo la que hizo que Juan recibiera la misma formación que él, lo que a la postre le serviría para cambiar radicalmente el rumbo de su vida.

Establecida la familia en Granada, el joven esclavo acompañaba a su amo al colegio de la Catedral, en la Curia, donde éste proseguía sus estudios. En una comedia de Jiménez Enciso, se relata que el “esclavito” entreabría la puerta de la clase para poder enterarse de las clases que recibían los amos. Su interés por los estudios le permitió alcanzar un altísimo dominio del latín, siendo esta la causa por la que acabó siendo conocido por el apodo de Juan Latino. Hombre de amplísima formación humanística, logró, gracias a su esfuerzo y al apoyo de su amo, sobre el que logró gran influencia siempre desde la más absoluta discreción, alcanzar los círculos de poder de la sociedad granadina e incluso española.

Como podemos comprobar, Juan Latino fue un hombre adelantado a su época que supo romper con los tabúes dominantes en la sociedad del siglo XVI. Sin embargo, hay otra circunstancia en su peripecia personal que llama poderosamente la atención y que, en su época, debió de remover las conciencias de sus coetáneos: su relación con doña Ana de Carvajal, hija del administrador del obispo. Todo comenzó con unas clases de música que desembocaron, primero en afecto, luego en amor y por fin ¡en boda!, con la abierta oposición del padre y la complacencia del amo de Juan quien le concedió la libertad y una dote de 2.000 ducados. En un artículo sobre el personaje, el escritor madrileño José Vicente Pascual afirma: «Por muy erudito y buen preceptor que hubiese sido un esclavo negro en cualquier otra nación europea, no digamos en las Indias Occidentales o en cualquier lugar del mundo colonizado por, a modo de ejemplo, los anglosajones, jamás se le habría permitido tomar en matrimonio a una mujer blanca de acaudalada e influyente familia, tener con ella nutrida descendencia mulata y, a mayores transgresiones, tomar cátedra en instituciones religiosas y sentarse a la mesa de los príncipes para verter en sus oídos consejos sobre asuntos de capital importancia para la administración del reino. Este panorama, extrapolado a las severas sociedades protestantes, anglicana y demás, nos parece un absurdo. Sin embargo, no lo es tanto cuando situamos dichas circunstancias en la bullente España del XVI, una unidad territorial recién nacida que continúa siendo crisol de culturas y razas, las cuales tienden vigorosamente hacia su completitud en el humanismo cristiano».

En 1526, Carlos I de España, durante una visita a la ciudad de Granada, decide dotarla de nuevo de una universidad. De este modo, suya fue la iniciativa de fundar el Colegio Imperial de San Miguel de Granada en 1531, mediante una bula del papa Clemente VII. Poco después, cuando sólo contaba 30 años, Juan comenzó a dar clases de latín en sus aulas, a pesar de que sólo tenía el título de bachiller, problema que fue resuelto con celeridad por la propia Universidad, que le preparó un tribunal examinador que le otorgó el título de licenciado. También fue catedrático de Gramática en el Colegio Cardenalicio. Considerado por algunos autores como el primer poeta español de raza negra. Su fama se extendió por toda España, hasta el punto de que el dramaturgo Diego Jiménez de Enciso le dedicó una comedia titulada “Rodrigo Ardilla” mientras que el príncipe de los ingenios, Miguel de Cervantes lo cita, como ejemplo de hombre astuto y sagaz, en el prólogo de El Quijote:

«Pues al cielo no le plugo
que saliese tan ladino
como el negro Juan Latino».

Calle Juan Latino.

A modo de resumen, traemos a colación la opinión de José Vicente Pascual, quien en su libro titulado “Juan Latino” (Ed. Comares, S.L., colección: Narrativa, 2007.): «Juan Latino es el paradigma del hombre renacentista, el nuevo ciudadano (súbdito en aquellos tiempos), que sin pertenecer a la nobleza ni medrar al amparo de la iglesia o la milicia reclama su espacio, su propia voz y la autoridad de su criterio en una sociedad aún muy compartimentada en clases sociales impermeables».

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