La calle como fuente de conocimiento

La plaza de la Alhóndiga recibe su nombre porque en época islámica ella se encontraba una posada pública, en la que los viajeros guardaban sus mercancías e incluso instalaban tiendas para la venta de sus productos y que recibía este nombre. (Foto: Paco Román)

Con el descubrimiento de la agricultura, la humanidad experimenta un avance decisivo origen de nuestro modo de vida urbano: la sedentarización. Se cree que el proceso por el cual los seres humanos comenzaron a dejar de ser nómadas para convertirse en sedentarios comenzó con el neolítico, hace aproximadamente diez mil años en Oriente Medio, desde donde se difunde al resto del mundo. La sedentarización se consolidó definitivamente con la fundación de las primeras ciudades (Jericó tiene ya entidad poblacional hacia el 9500 a. de C.) Este proceso se va a producir a lo largo de muchas generaciones y comienza al finalizar la última glaciación, hace aproximadamente diez mil años. Desde su aparición, las ciudades se constituyeron, además de centros de poder político y económico, en focos culturales que, por un lado generaron tradiciones que se van a perpetuar a lo largo del tiempo, a la vez que se transforman en receptores de nuevas ideas filosóficas, literarias, científicas y técnicas.

En sus orígenes, las ciudades fueron autónomas, tribales, dependían de sí mismas y se aliaban con otras en casos circunstanciales, como las polis de Grecia o las ciudades fenicias, entre otras. El desarrollo de estados más complejos nacería del poder creciente de una determinada ciudad, que terminaría por dominar a las ciudades vecinas y crear una unidad política más grande. Casos como éste, se darían primero en territorios como Egipto y China, entre otros. Los imperios serían el colmo del poder creciente de uno de estos estados que, ya no solo controlaría las ciudades y la población de un territorio (reino), sino que iría al control de otros estados circunvecinos como el caso de China o, más cercano a nosotros, el Imperio romano, entre otros.

El desarrollo urbano traerá consigo un problema de orden práctico: organizar un sistema de comunicaciones que facilitara el desplazamiento por la ciudad de personas, mercancías y servicios, dando origen, de este modo, a la toponimia de las calles que, desde la más lejana antigüedad, configura el entramado urbano. Ésta reflejará en cada caso el modo con el que el pueblo percibe la vida y la cultura (más modernamente, sus dirigentes). Eran denominaciones nacidas espontáneamente, sin normas, hasta épocas relativamente recientes. El nomenclátor urbano va siendo poco a poco asumido por los concejos o ayuntamientos y, consecuentemente, cada vez más sujeto a los vaivenes de la moda o de la política. En unos casos los nombres recuerdan huellas del pasado -calle Doce de Octubre-, de los personajes que pisaron la ciudad -calle Felipe II-, que habitaron las calles que luego recibieron sus nombres – calle José Cruz Conde- o bien adquirieron notoriedad a escala nacional o internacional -calle Isaac Peral-. También son muchos los casos en los que los nombres son testigos de hechos relacionados con la historia local -Batalla de los Piconeros-, aunque lo más frecuente a lo largo del tiempo ha sido recurrir a nombres geográficos -Isla Formentera-, de políticos -calle Antonio Maura-, de santos -calle Santas Flora y María-, de artistas -calle Antonio Fernández Fosforito- y así un largo etcétera, aunque con demasiada frecuencia se cae en la trampa de echarse en brazos de la ramplonería que impone la corrección política o, lo que es peor, tratando de reescribir la historia reivindicando la memoria de unos personajes en detrimento de la de otros.

Campo Santo de los Mátires esquina con San Basilio. Debajo del rótulo de esta última aparece el nombre con que era conocida esta calle en épocas pretéritas: Horno de los Ladrillos. (Foto: paco Román)

Una consecuencia didáctica de lo anteriormente expuesto es el hecho de que la calle o, para ser más exactos, el nombre de las calles, constituye una fuente de información que permite potenciar el conocimiento del rico patrimonio histórico y cultural que la ciudad de Córdoba atesora, lo que hace que el nomenclátor de nuestra ciudad se convierta en una especie de libro virtual, a partir del cual se pueden desarrollar programas, cada vez más complejos, que ayuden a la formación de nuestra juventud, porque como se señala en el preámbulo de la Carta de Ciudades Educadoras, aprobada inicialmente en el I Congreso Internacional de Ciudades Educadoras, celebrado en Barcelona en 1990, posteriormente revisada en los congresos de 1994 y 2004, “…hoy más que nunca la ciudad, grande o pequeña, dispone de incontables posibilidades educadoras, pero también pueden incidir en ella fuerzas e inercias deseducadoras. De una forma u otra, la ciudad presenta elementos importantes para una formación integral: es un sistema complejo y a la vez un agente educativo permanente, plural y poliédrico, capaz de contrarrestar los factores deseducativos.” Tal aseveración supone todo un reto para una ciudad, como es el caso de Córdoba que, por historia y tradición, aspira a formar parte de la vanguardia cultural mundial. Por esta razón, a partir de la próxima semana hablaremos de algunas de nuestras calles, de su paisaje y su paisanaje, con el fin de animar a conocer el medio urbano en el que se desarrolla nuestro día a día.

 

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