Un besamanos que recupera la memoria de Córdoba

“¡Qué hermoso está el monumento
con tanta luz encendía;
mujeres que ‘estais’ adentro
‘dispertar’ si ‘estais’ dormías
á adorar al sacramento.”

El pasado 14 de marzo, se anunciaba desde este medio la celebración de un besamanos a una dolorosa en la parroquia de la Trinidad. La cosa no tendría mayor enjundia si no fuera porque la imagen no forma parte del acervo patrimonial de ninguna hermandad, sino que recibe culto privado en la casa de su propietario. Se trata, como es sabido, de la imagen de la Virgen del Valle tallada por Miguel Ángel González Jurado. En este artículo se indicaba que se recuperaba una tradición muy cordobesa de exponer a la devoción pública las imágenes familiares que poseían muchas familias, tal y como refleja Ricardo de Montis en sus Notas Cordobesas o en la poesía de Pablo García Baena.

Foto: Rafael A. Ojeda
Foto: Rafael A. Ojeda

Acudimos a de Montis para bosquejar, muy someramente, cómo era aquella Semana Santa que nuestro autor describe con añoranza. Lo primero que señala es que, en Córdoba, nunca fue celebrada con el lujo y la ostentación que en otras poblaciones, aunque aquí existían dos notas que la caracterizaban del resto: los altares y las saetas. Dejamos las saetas para otra ocasión y nos centramos en la celebración de la Semana Mayor. Aunque de Montis no lo dice, la Semana Santa que él conoció era producto de esa afición tan española, que traspasa los límites del tiempo, de prohibir todo lo que no concuerde con la opinión de quien manda y que en la actualidad adquiere tintes que superan la extravagancia, sobre todo en lo tocante a nosotros los católicos. Efectivamente, en 1820, el Obispo Pedro Antonio de Trevilla dictó su famoso decreto por el que, en la práctica, quedaron abolidos los desfiles procesionales, prohibiendo, asimismo, el uso del hábito nazareno para las hermandades que participaban en la procesión oficial del Santo Entierro. Con el tiempo, la observancia de esta norma tan estricta fue relajándose, dando paso a la celebración de estaciones de penitencia particulares. En concreto, en el tomo I de las Notas Cordobesas, nuestro autor cita a la Hermandad de los Panaderos, que sacaba el Domingo de Pasión la imagen de Jesús Nazareno y la conducía al Calvario existente en el Marrubial. En ocasiones, la Cofradía de los Curtidores sacaba el Lunes Santo la efigie del Señor del Huerto mientras que el Jueves Santo, la Cofradía de los Toreros salía en la procesión de Jesús Caído luciendo el túnico que le regalara Lagartijo. Por fin, como ha quedado anotado, estaba la procesión oficial del Santo Entierro, presidida por la Cruz Guiona en la que se incluían las imágenes del Esparraguero, Nuestra Señora de las Angustias, el Santo Sepulcro y la Virgen de los Dolores. En este punto nuestro cronista se queda corto, pues, a lo largo del tiempo, la configuración de esta procesión fue variando, pudiendo citarse, además de las ya aludidas, Nuestro Padre Jesús Nazareno, el Rescatado, el Señor amarrado a la columna o el actual misterio de la hermandad del Amor, entonces radicado en la ermita de San José, en la Magdalena. Por último, el Domingo de Resurrección, recorría los alrededores de Santa Marina el Señor Resucitado.

La otra nota característica era, como ya ha quedado dicho, el acondicionamiento, con toda clase de lujos, de la sala principal de la vivienda para que, amigos y vecinos de la familia, en la tarde-noche del Jueves Santo, acudieran a venerar las imágenes que, a lo largo del año, permanecían ocultas a la exposición pública. De esta tradición trata en los tomos I y IV de sus Notas. A este respecto indica de Montis: “Hace treinta años eras pocas las familias que no instalaban altares, para pasar en ellos la noche del Jueves Santo velando al Señor” cantando saetas, prolongando la velada hasta la mañana del Viernes Santo. Completando este retablo “los mozos reuníanse en grupos para visitar los altares; el que mejor cantaba se abría paso entre los curiosos agrupados ante la ventana de cada uno de aquellos y, sombrero en mano, entonaba una saeta, la cual era en el acto contestada por una de las mujeres que había en el interior…” de este modo las calles de la ciudad adquirían gran animación, “…muchas de las cuales parecían ferias por sus innumerables puestecillos de tortas y hornazos.” Aquellos “preciosos sagrarios de la fe del pueblo…” eran extraordinarios en su número, especialmente en los barrios más populares como los de San Lorenzo y Santa Marina, donde incluso se erigían en las casas más pobres, llegando esta tradición hasta algunas tahonas y tabernas de la ciudad. En abril de 1925, apuntaba de Montis que aquella hermosa tradición de los altares del Jueves Santo nunca debió decaer, celebrando que el Ayuntamiento se propusiera restablecer tan bella tradición. ¿Alguien se imagina?

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