Pudo suceder así…

El silencio, apenas roto por el murmullo que produce la caricia del viento en la superficie de los pinos, rodea un paisaje a la vez agreste y acogedor en el monte Bülbül Dag, la colina del ruiseñor en turco. Con el paso de los siglos, este lugar de la península anatólica se ha perpetuado entre musulmanes y cristianos como la casa de la Meryen Anas, la Madre María, o la Panaya Kaulu, la capilla de la toda pura María, la concebida sin mancha original.

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Foto: Paco Román

Tan sólo una pequeña casa, con una fuente en forma de pez ante su fachada, anuncia la presencia humana en este lugar alejado del bullicio de la gran ciudad de Éfeso, situada a escasas tres leguas y media. En la estancia, apenas iluminada por un exiguo codal, las sombras se enseñorean dibujando los perfiles de las exiguas pertenencias de sus moradores.

Sumida en un mundo de añoranzas, pero esperanzada ante el convencimiento cierto del inminente reencuentro con el Hijo amado, María, a sus 65 años, vive sus últimos días en la Tierra. Su cuerpo se estremece recordando la película de su vida. Una sucesión de flashback le muestran la visita de Gabriel, la salutación de su prima Isabel, las palabras de Simeón anunciándole que una espada le iba a atravesar el corazón o la paradoja de verse obligada a emigrar para salvar al Salvador.

Pero sobre todo, lo que martillea su corazón con la terquedad machacona del tic tac de un reloj era el recuerdo de la pasión, el inicuo suplicio infringido al fruto de sus entrañas. Ella era consciente de que el sepulcro no iba a ser el final, sino el principio y que con la Cruz sólo se cerraba el ciclo del dominio de la muerte. Pero en medio estaban las escenas de las que Ella, como Madre, fue protagonista pasiva, dolorosamente maniatada por el poder establecido.

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Foto: Paco Román

¿Cómo encajar la traición de uno de los íntimos de su Hijo? ¡Incluso Pedro, el llamado a ser la clave sobre la que se levantaría la Iglesia de Dios, llegó a renegar de Él en aquella aciaga noche! ¿Dónde se habían metido aquellos que aclamaron a Jesús cuando entró triunfalmente en Jerusalén? ¿Y aquellos a quienes había liberado de la esclavitud de la enfermedad y hasta de las garras de la muerte? ¿Cómo podían cambiar tanto las personas?

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Foto: Paco Román

Todavía resuenan en el interior de su cabeza los chasquidos de los flagelos, las risotadas de los verdugos, los insultos e improperios de la soldadesca, la ira desatada del populacho, la manipulación de los sumos sacerdotes y la indiferencia de Pilatos. ¿Cómo olvidar las manos sarmentosas de su Hijo amado, retorcidas por el dolor? ¿Y su divino rostro desfigurado y deforme en el que los colores cárdeno, escarlata y gredoso, mezclados con el humor vítreo del sudor bailaban su danza macabra? ¿Y el duro e interminable camino hasta la cima del Gólgota? Aquellos cantos clavándose en aquellas celestiales plantas mientras que una lluvia de golpes seguía sometiendo a aquel cuerpo, ya irreconocible, al más bajo y miserable de los suplicios. Y, ¿cómo no? La llegada al monte de la Calavera, la salvaje crucifixión, el crujido de la cruz encajando en el agujero abierto en el suelo. De nuevo los insultos de militares y próceres del pueblo. Hasta los de Gestas el ladrón. ¿Cómo olvidar todo aquello? Ella era consciente de su papel, pero ante todo y sobre todo era Madre y Aquel desgraciado convertido en piltrafa humana era su Hijo. Al final un grito, la muerte…

Poco más o menos así pudo suceder aquella primera Semana Santa de la historia, ajena a levantás de lujo, rachear de pies costaleros, redobles de tambores, quejíos de cornetas, bordados de ensueño y cera rizá. Desde esta columna hago votos para que nosotros, los cofrades, sepamos distinguir entre el polvo y la paja para llegar a la verdadera esencia de cuanto nos disponemos a conmemorar.

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