Un amor que mejora el mundo

En esta semana he recibido con enorme alegría la invitación de unos amigos que cumplen y celebran sus bodas de plata. En la tarjeta expresan la razón que les lleva a celebrarlo: “hace veinticinco años decidimos vivir nuestras vidas juntos y no podemos decir otra cosa que ha sido la mejor decisión de nuestras vidas”.

Mi alegría no es sólo la que acompaña a todo bien que ocurre a quien estimas, sino que pienso y siento que constituye una buena noticia para el mundo. Y no me refiero a la importancia (que la tiene) de mostrar que el “para siempre” no es un plazo inasumible, sino porque realmente entiendo que lo mejor que pueden hacer por el mundo, lo mejor que pueden hacer por la Humanidad dos personas unidas en el proyecto de vida que el matrimonio supone, es empeñarse por la calidad e intensidad de su amor.

Y así lo creo porque el mundo es lo que somos cada matrimonio, cada familia y por tanto el mundo será lo que seamos cada matrimonio, cada familia. Desde ahí no es extraño que Juan Pablo II, quien no escatimó esfuerzos por amar y reflexionar sobre la institución familiar, afirmara que “el que se quiera comprometer de una manera real y eficaz con la Humanidad tendrá que hacerlo con la familia”. Todos los que tenemos la dicha de gozar del amor fundacional que el matrimonio supone (origen de toda familia), hemos de creernos la inmensa grandeza que encierra. Y en esto debemos de ser, como dice el filósofo Tomás Melendo “amablemente agresivos”.

No debemos permitir que la sociedad influya y a veces agreda a la familia de la forma que lo está haciendo. No podemos seguir siendo “reactivos”. Todavía recuerdo, allá por el 2005 con mi mujer y mis dos hijos pequeños junto a dos millones de personas manifestándonos (“reaccionando”) en Madrid contra una legislación lesiva para la familia. Aquel esfuerzo de millones de personas fue estéril sencillamente porque la reacción no puede ser la estrategia. La solución, la necesaria y ansiada defensa de la familia solo puede venir de una actitud proactiva. Actitud que nace del convencimiento del inmenso bien que la familia supone y eso hace que la dirección correcta de las fuerzas de influencia sea de dentro a fuera. Es decir, una familia que sabe disfrutar de ella misma, que cumple felizmente su cometido de ofrecer a sus miembros un amor incondicional y a-motivado (la familia es el único ámbito donde no hay que demostrar capacitación alguna para ser valorado y querido) se “desborda”, y es ella la que influye positivamente sobre el exterior.

Por eso de nuevo el mismo Papa antes citado no dudó en proclamar que “el futuro de la Humanidad y de la Iglesia depende del futuro de las familias”. El problema ahora está en cúal es el camino, dónde buscar la fórmula para conseguir un matrimonio logrado cuya felicidad se expanda cual mancha de aceite. La lograda invitación me sigue ayudando en mi reflexión. En ella colocan dos fotos, una de su salida de la Iglesia y otra donde, aparecen mirándose y dándose un simpático beso.

Pues bien, estoy convencido que esa segunda foto no hubiera sido posible si ambos se hubieran dedicado a “conservar” el amor que se muestran en la primera instantánea. Solo se “conserva” lo que está muerto y el amor es una realidad viva, por lo que no requiere conservación sino crecimiento. Es decir, puede que la primera foto fuera posible “porque se querían”, pero la segunda y actual tiene lugar, porque han “querido quererse”. No hay otro camino, con seguridad que Mavi y Luis se
han preocupado el uno por el otro, se han entregado mutuamente, porque la entrega es la única prueba de que uno ama, y un amor que se cuida no muere.

No dudamos en dedicar parte de nuestro presupuesto en asegurar nuestra casa, nuestro hogar, por lo que parece lógico “asegurar” también el amor fundacional que le dio origen. Esto es posible cuando hacemos del amor nuestra mayor empresa, nuestra mayor tarea, y disfrutamos de un amor preocupado que cuida el detalle cotidiano. Esa actitud posibilita y asegura la hermosa promesa de envejecer juntos. Si enamorarse supone sentir “es maravilloso que existas”, amar, como afirmó Ortega es “empeñarse en que existas”. En unos días celebraremos que hace veinticinco años Mavi y Luis pasaron a ser “con-sortes”, es decir decidieron compartir la misma suerte, pero con mucho, lo mejor de tal circunstancia, es que con su amor logrado, el mundo es un poco mejor, más humano, más habitable.

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