Aburrirse para ser feliz

Una de las consecuencias positivas del fin del descanso veraniego, es que vemos a nuestros hijos retomando actividades que consideramos “de provecho” y nos confirman, para nuestro alivio, que no han olvidado su facultad bípeda, interrumpiendo su habitual postura de “desparrame” en la que suelen transcurrir los días estivales, eso sí, con algún aparato digital entre sus manos.
Es curioso que a pesar de esa imagen tediosa (tendido supino y ensimismados con el aparato) cuando les preguntas si se aburren, no dudan en negarnos la mayor. Podría decirse que la generación digital no conoce el aburrimiento. Y es cierto, pues el móvil les permite invitar a su cuarto a infinidad de contactos, series, youtubers … que saltándose la cívica costumbre de llamar a la puerta, en claro allanamiento de morada e indefensión para los padres, tienen acceso directo a la habitación de nuestros hijos y lo que es peor, a sus mentes.
El aburrimiento ciertamente no es un estado ideal, pues no deja de ser una pérdida de tiempo y perder tiempo es sencillamente perder vida. La definición que encuentro más ajuntada es la que lo entiende por “la percepción pura del tiempo”, ya que la persona aburrida no suele pasarle otra cosa que el lapso temporal, pasando a ser el reloj su mayor atención, sobre todo, por no entender como ese minutero, en otras situaciones tan ágil, se torna ahora perezoso perdiendo su ritmo habitual.
Pero no todo es malignidad en el aburrimiento y no hay duda que podemos encontrar en él aspectos positivos. Así, por ejemplo, hay que reconocerle su capacidad de “buen consejero” que te empuja a aprender o emprender algo nuevo, que te indica que necesitas hacer cambios, a “ampliar tus fronteras”, a salir de tu mundo habitual o como se dice ahora a “salir de tu ámbito de confort”, en definitiva te permite salir a buscar algo nuevo y diferente, rompiendo la rutina. Cuentan que fue precisamente el aburrimiento que le producía el ver a sus hijas una y otra vez en el tío vivo lo que hizo a Walt Disney pensar en la idea de crear un lugar donde los personajes tomaran vida y pudiera divertirse toda la familia. Por tanto además de un aburrimiento tedioso, soporífero y por ende inane, hay un aburrimiento fructífero del que salen nuevas ideas, nuevas actitudes, nuevas metas…
Sin embargo no encuentro en ese matiz fecundo el mayor de sus beneficios sino que me gustaría destacar su inestimable aportación a la felicidad de cualquier vida que adquiera cierta capacidad de aburrimiento, que no se asuste y sienta la necesidad insuperable de huir del mismo, llenando su vida de continuo movimiento, de dinamismo disperso, convirtiendo la vida en un puro “zapping” que no sólo dificulta la capacidad de observación , de contemplación ( tan necesaria para la felicidad) sino que va convirtiendo a la persona en alguien incompatible con la más mínima sensación de monotonía. Y aquí es donde encuentro el mayor problema de aquellos jóvenes que afirman que nunca se aburren, porque díganme qué novela, aunque sea el mayor de los best sellers, no contiene algún capitulo monótono, o qué matrimonio no encuentra periodos de pura rutina, o que alma no tropieza con el “desierto” árido y vacuo, o que carrera no te presenta algunas asignaturas tediosas, o qué vida laboral no conoce periodos de rutina… pues aquel que no tolere cierto aburrimiento, porque en su vida solo tiene sentido el estado de continua excitación, tiene muchas papeletas de dejar de gustarle la novela, la mujer o el marido, o la carrera, o la fe, la vida…
Lo contrario del aburrimiento es la excitación y la vida no puede ser una secuencia ininterrumpida de excitaciones y menos aún si estas son digitales. La incapacidad de soportar una vida salpicada con momentos de monotonía y la huida desenfrenada de ellos, lleva a caer en la garras de otra actitud más invalidante para el universal propósito de vivir felices, pues una vida feliz tiene que ser en gran medida una vida sosegada y tranquila.
Debemos encontrar la manera de convencer a nuestros hijos para que se separen en alguna medida de su “móvil umbilical”. No tardarán en aburrirse lo que les permitirá descubrir su todavía virgen capacidad de observar, de contemplar, tan necesaria para una vida lograda, pues como escribía Ortega y Gasset es complicado ser feliz si se anda por la vida “sin contemplaciones”.

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