Emperatriz cordobesa

Amanece en la ciudad de arcos bicolor y polilobulados, que se posan en un bosque de columnas sustentadas por la sangre de aquellos que por amor entregaron la vida a orillas del Betis, y cuya gloria se eleva en la torre de su catedral, llevando allende los mares las excelsas virtudes que adornan a la Emperatriz de Córdoba, la bienaventurada Virgen del Carmen.

En las vísperas. En el silencio de una noche de julio, angelitos del cielo se asoman en San Cayetano al son de las campanillas de los frailes para dejar una mantilla sobre el sedoso cabello de la que es ancla corredentora. Un viva a la brillantez de esas perlas luminosas que tiernamente miran cómo los jóvenes hijos del Carmelo se postran humildemente, investidos con el escapulario de la abogada e intercesora de aquellos que cruzan el inmenso mar que separa esta tierra del sublime y sempiterno cielo, para decirle guapa, reina, estrella sublime… rosa escogida, tierna y excelsa novia de la perenne juventud a la Emperatriz cordobesa, Virgen del Carmen coronada.

Felicitar a la Madre De Dios y regalar el deseo de ser humilde y sencilla como Ella, pobre de Israel y señora coronada de incomparable hermosura. Porque la luna se asoma en San Cayetano, las estrellas refulgen inusualmente en singular noche, y el espejo de hermosa blancura, quiere bañarse y dejarse preñar de la luz de su mirada para seguir alumbrando a Córdoba en la oscuridad de sus pesares y dolores, siendo bálsamo y salud que cicatriza heridas y acompaña el fulgor de unos nuevos amaneceres, al alba, donde ella es el lucero que desde la torre Catedralicia se convierte en faro y guía de aquel, que ausente añora, con el corazón compungido, besar, abrazar y decir un te quiero, lágrimas que se derraman en la lejanía y que cada día del Carmen son perlas y esmeraldas en una corona de reina para la Emperatriz cordobesa, Virgen del Carmen coronada.

Es Madre, guardiana, valiente, brava y valedora del hombre de la mar, es compañía y consuelo en quien espera en tierra y es fuente en estos lares donde los arroyos y acequias riegan los campos y en las orillas del gran canal, hijos sin remos que calman sus sedientos corazones en unas aguas, las del Guadalquivir, que con las yemas amantes de sus manos, bendice, convirtiendo este surtidor serpenteante en un néctar saludable al alma seca, que sana las heridas de los pecados y debilidades de un pueblo que alaba y loa a la Emperatriz cordobesa, la Virgen del Carmen coronada.

En San Cayetano, ya entrada la noche, la luna ahora en su esplendor, se niega a marcharse y dejar que el sol de la beldad y justicia que hace brillar quiera la hermosura dorada de la bella señora coronada. Sus hijos, presurosos, algunos en la inocencia del agua bautismal y sostenidos por la ternura de sus madres, jóvenes enamorados de la lozanía de la vida, adultos en busca de esperanza y fortaleza en el curtido trabajo y sacrificio de la existencia, mayores cercanos al encuentro de la vida eterna, corren prestos a las plantas de la divina señora para que su felicitación no quede en un solo te quiero; son flores, son cantos, son lágrimas, son vivas…, y en el tintineo… un solo deseo: llevar tu escapulario, llevar la enseña de aquella Madre clavado en el alma y así solo musitar con la Santa: ahora sí, Tú eres para mí yo soy para ti. Emperatriz Cordobesa, Virgen del Carmen coronada.

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