Dimisiones

Las paredes del Ayuntamiento son muy sufridas. Todo lo aguantan. Son como esa tapicería buena del sofá que soporta sin inmutarse el chorreón de café o los zapatazos de los niños y que al rato está como nueva, como si nada hubiera ocurrido. Lo que aparece en los medios de comunicación de la vida consistorial es sólo una parte de lo que ocurre en su interior. Todos los géneros de la novela tienen cabida en la actividad municipal.
El día a día del Ayuntamiento puede parecer -sobre todo en agosto- monótono, aburrido, sin relevancia, pero hay que recrearse en la suerte, ver la realidad con cierta perspectiva y descubrir la belleza del paisaje en toda su amplitud. Es éste un placer que no está reservado a todo el mundo. Así, si dimite un concejal, no hay que obcecarse en los motivos, en lo que ha dicho y en lo que no va a decir en la vida. Estos hechos, que suceden de vez en cuando, hay que contemplarlos en toda su magnitud, como si fueran un pequeño capítulo de la gran historia de la ciudad.

Ayuntamiento de Córdoba.  dimisiones
Ayuntamiento de Córdoba. /Foto: LVC

A lo largo del tiempo se han vivido en el Ayuntamiento muchas dimisiones. Creanme si les digo que no hay dos iguales y todas ellas tienen su altura épica, su riqueza argumental y un poco de alimento para cotillas, que nunca viene mal. Cada vez que un concejal renuncia a un escaño se produce un temblor sísmico que no es apreciado en la Espartería ni en El Gallo, pero que hace mover ligeramente de su pedestal al emperador Augusto que preside la escalera principal del Consistorio.
Dejando al margen a aquellos que abandonan el salón de Plenos forzados un nuevo empleo en política, que ha habido bastantes en estas últimas décadas, hay que recordar aquel concejal electo que renunció a tomar posesión porque en el reparto de concejalías no pilló aquélla que ambicionaba y que le habían prometido. Aquello dejó a más de uno a cuadros, y a muchos más con una sonrisa que tardó meses en desdibujarse de sus rostros.
Hubo otros concejales que dimitieron un Lunes Santo y otros que lo hicieron pero sin irse; es decir, que renunciaron a seguir ejerciendo como tales pero no querían dejar el sillón cuando, lo más curioso, es que carecían de sueldo que les atara a la cosa pública. La explicación no era otra que fastidiar a la formación política a la que un día juraron amor eterno pero luego acabaron desengañados.
También hubo una persona que tuvo el detallazo de dimitir en directo ante los medios de comunicación. Nadie, ni en su propio grupo político, sabía nada. Convocó una rueda de prensa -una de tantas-, soltó su historia -una más de las que se escuchan cada día- y cuando terminaron las preguntas de los periodistas dijo que aprovechaba la ocasión para anunciar que dejaba el escaño con una naturalidad como pocas veces se han visto. Aquello tuvo mucho arte.
Como también tuvo arte la dimisión más sonada de todas, lo que ocurre es que no se fraguó ni desarrolló en Capitulares. Me refiero a la marcha de una alcaldesa un 23 de abril -Día del Libro- que cambió de despacho, de cargo, de compañeros y de siglas como la naturalidad y la rapidez de quien se cambia de camisa.
Habría que contar mucho más de otras dimisiones, pero las dos más recientes tienen mucha enjundia. La penúltima, porque no se ha explicado con la vehemencia y el rigor que ellos mismos exigen a los demás. Han tapado el hueco como han podido y aquí paz y después gloria, o lo que haya para los laicos.
La última de las dimisiones, en cambio, está aún en plena efervescencia. Y no porque todavía no se hayan cumplido los trámites administrativos del relevo que permita a Juanito sentarse en el salón de Plenos y firmar sus primeros decretos, no, sino porque la marcha de Rafael del Castillo ha regado los medios de comunicación de reproches mutuos con los socialistas, al estilo de los famosillos que se divorcian y que entran en una guerra de acusaciones.
La razones de su marcha pueden estar tanto en la falta de apoyo del PSOE, como en la podemización de IU, o en el baño de realidad que se ha dado al tener en sus manos el poder de verdad. Interpretaciones hay para todos los gustos. Quién lo sabe. Lo único cierto de su marcha en que ha enriquecido el catálogo de dimisiones municipales con el modelo de traslación de culpa, que dirían los antropólogos, o de búsqueda de chivo expiatorio, que así lo entendemos los demás.