Hacia donde mirar o el paradigma de la luz

Cartel de la Semana Santa de Cabra, realizado por Víctor Olivencia.

¿Se imaginan ustedes, colgada en un museo, una pintura, cualquier pintura, y en un breve texto por debajo, junto al nombre del autor o el título de la obra, estuviese especificada la marca de los pinceles que usó el artista, o una explicación técnica sobre los pigmentos usados, la naturaleza del lienzo o el tipo de caballete en el que estuvo colocado mientras se pintaba?… No se lo imaginan, resultaría demasiado absurdo.

Y si yo les intento explicar, que coloqué la sensibilidad de la cámara en iso 800, abrí diafragma a f1.4, con velocidad de disparo en 1/40 seg, enfocando en el Crucificado que se ve aún dentro del templo. ¿les dice eso algo?, creo que no.

Pero les puedo contar que minutos antes de hacer la foto, era un amasijo de nervios, que me temblaban las manos, que hacía muchos años que no estaba ese día, a esa hora, y en ese lugar. Les puedo contar que de repente templé los nervios mientras pasaban nazarenos justo por mi lado. Que sus hermanos portadores sacaron el paso de su capilla y lo colocaron en medio del templo. Fue entonces cuando todos esos parámetros técnicos pasaron a un segundo plano, la cámara dejó de ser esa especie de excusa para poder acercarme más y se convirtió en un túnel de luz. Lo que la atravesó entró por el cristal del objetivo, dejó huella en una matriz de microsensores, me atravesó la pupila, se coló por el nervio óptico y provocó un resplandor en mi cerebro.

Por la puerta de esa iglesia entré una vez pagano y salí convertido en cristiano, a través del agua de su pila bautismal. Años después la atravesé vestido de nazareno, por primera vez en toda mi vida. Y ahora, esa puerta tenía enmarcada la imagen de Cristo muerto, atravesado por la lanza de Longinos, Esa bendita puerta, abierta de par en par, estaba otra vez a punto de marcarme un antes y un después…

No puedes mirar a otra parte, es imposible. Es el centro de tu vida, es la luz burlando a la oscuridad de la muerte. El dorado retablo del fondo sólo es un adorno rozando la insignificancia, y a cada lado, dos largas filas de anónimos penitentes, asumiendo en silencio su cruz con la mezcla exacta de resignación, por un lado, y de Fe por otro. Resignación ante los golpes que da la vida, pero una inquebrantable Fe en el Mensaje que se nos hizo llegar, hace ya tanto tiempo.

No todas las historias están contadas con palabras. En unas décimas de segundo, se riza el rizo, el delicado equilibrio entre el cofrade y el fotógrafo pende de un dedo que aprieta el botón, en el momento justo.

Ahora es el mismísimo silencio el que está en boca de todos. Lo verás dando forma a un cartel, pero en realidad es una historia, es el triunfo de la luz, es el acierto plantando cara a los errores, es la otra mejilla desafiando a los golpes, es la sinceridad que se abre paso en un mundo de mentira.

Pudo haber quedado todo, sólo entre el Crucificado y yo, pero el chasquido de un obturador convirtió lo íntimo en público, y ahora es una historia de todos.

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