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Cuando una silla y un paquete de pipas constituían el mejor plan para una noche de verano

En Córdoba, sobretodo, en barrios como Cañero, El Naranjo, o el Sector Sur, era tradicional salir con las sillas a la calle y compartir con los vecinos una noche de verano

Publicado por Eloy Moreno el 16/7/2017 a las 5:02

Llegaban las 21:00 y el ritual siempre era el mismo. En primer lugar se abrían las persianas de la casa de par en par a expensas de que el poco fresquito que hubiese en la calle accediese hasta todas las dependencias de la casa. Tras ésto, se cogía la botella de agua, que llevaba ya unas cuantas horas en el frigorífico, y se colocaba justo en un pollete de la ventana, que no molestase mucho al viandante. El momento más importante, de este ritual de verano, era elegir una buena silla plegable, que fuese cómoda y confortable y salir a la calle situándose en el mejor lugar para no perderse nada de lo que estuviese ocurriendo alrededor.

Barrio de Cañero, inscrito en Fecorave. verano noche
Barrio de Cañero. /Foto: LVC

Sobre las 22:30 de la noche de verano llegaba el momento de recibir al resto de vecinos que, después de haber realizado el mismo ritual, se aproximaban hasta el lugar escogido, que siempre solía ser el mismo. Normalmente, la zona más preferible era aquella en la que, ya conocedores del barrio, los vecinos sabían que a una determinada hora correría más aire fresco. La media de edad, en la mayoría de las ocasiones superaba los 50, aunque también se producía un salto generacional, ya que eran los nietos los que acompañaban a sus abuelos en estas tradicionales quedadas. Éstos, además, tenían una labor fundamental en este ritual: comprar las pipas o altramuces, más conocidos como “chochos” en el puesto más cercano, tan buenos en verano. En la mayoría de las ocasiones salían ganando, porque caía alguna golosina para ellos.

noche verano
Altramuces. /Foto: LVC

El tema de conversación variaba dependiendo de la actualidad del barrio: “mi hija se ha encontrado con…”, “hoy he ido a comprar al supermercado…”, “vaya tela lo que han hecho con la calle…”, y, así, hasta un sinfín de temas más. Tampoco es que la conversación fuese lo más importante para los asiduos a estas quedadas, lo fundamental era estar allí y mover el cuello estratégicamente para que el poco aire que hubiese rozase de forma placentera la piel del usuario. La hora hasta la que se estuviese tampoco importaba mucho, lo básico, era no quedarse el último. Además, siempre había un vecino que lanzaba la típica pregunta: “¿ya te vas?”, obligando, de esta forma, al que ya estaba recogiendo su silla a quedarse un rato más.

Los había más modernos, adaptados a las nuevas tecnologías y que tenían la suerte de vivir a pie de calle. Éstos abrían de par en par las puertas de su casa, sacaban el televisor a mitad del pasillo y desde la calle podían ver su programa favorito en prime-timesolos o bien acompañados. Esta tradición no es que se haya perdido completamente. De hecho, en algunas calles de barrios como Cañero, El Naranjo, o El Sector Sur, aún se sigue practicando este ritual que constituía hace algunos años el mejor plan para una noche de verano.


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