¡Qué suerte tienes!

¡Pues claro que tienes suerte! ¿O acaso tú, que puedes leer este artículo haciendo un simple clic en el teléfono o en la tableta o en el ordenador, no eres suertudo? Porque con mucha probabilidad, no es que puedas hacerlo desde uno de estos dispositivos, sino que eres poseedor de varios o tienes acceso a ellos.

¿Te has parado a pensar cuántas veces al día te lamentas por aquello que no tienes o por querer disponer de todo lo que se te antoje? Eso sí, sin desprenderte de nada, ni siquiera de un gesto que aliente al vecino que lo está pasando mal.

Siempre hay un buen momento para la meditación, para remover la conciencia y hacer balance de nuestra realidad. Porque así vives tú y así vivo yo, en un continuo quejido, mirándonos el ombligo, sin pensar en la gran fortuna que supone levantarse cada día, ver el sol, tener amigos, disfrutar de una charla o simplemente respirar, ese aprecio por las pequeñas cosas que se nos presentan en cada instante. Vivimos al hilo del mundo, arrastrados por la corriente de tener más que de ser.

Tenemos suerte de vivir en un lugar que no conoce las carencias cuando son muchos millones de personas los que nacieron en territorios deprimidos; estos últimos están alejados del lujo, probablemente no conozcan el significado de esa palabra ya que carecen de lo mínimo, mientras que nosotros nadamos en la abundancia de cosas innecesarias.

Y en nuestro estado de bienestar, nos hemos habituado a ver los dramas en los informativos, haciéndonos insensibles a las imágenes que cada día nos llegan, como si no fueran con nosotros. Uno de ellos, es el que sigue aconteciendo con la inmigración. El Padre Isidoro Macías, más conocido como Padre “Patera”, sabe mucho de ello y podría transmitirnos miles de testimonios ahora que se ha trasladado a nuestra ciudad porque no hay mejor cosa que contar desde la experiencia.

Lejos de caer en el tópico del tema típico al que ya no dedicamos la menor atención, quiero recordar una situación sobrecogedora de la que fui testigo hace algún tiempo. Una tarde de otoño, en pleno centro de nuestra ciudad, pude ver cómo un pobre chico magrebí salía de los bajos de un autobús. Un escalofrío no podía más que invadir mi cuerpo y una reacción de intentar vagamente pensar cómo puede llegar a estar una persona para arriesgar lo más preciado que tiene, la vida, en un intento por ver la luz. Me hizo reflexionar profundamente. No he olvidado ni su cara ni su cuerpo, totalmente tiznado, ni la cantidad de gases que habría inhalado, desde dónde habría hecho un viaje pleno de adversidades… Fueron tantas las cuestiones que vinieron a mi mente y que todavía hoy se siguen repitiendo… En ese momento caí en la cuenta de que aquello era un toque de atención, una llamada a desinflar la burbuja de nuestra comodidad.

Hoy, simplemente, os propongo que dejemos momentáneamente las quejas. Quizás algún día podamos entender lo privilegiados que somos.

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