WELCOME BACK, COSTUMERS

Afirmaba William Shakespeare –sin quebrarse en exceso la cabeza, todo sea dicho- que el “el tiempo vuela, noche y día”. Y ciertamente, cuando aún parece que ayer mismo la temporada futbolística echaba su telón final, de repente nos damos cuenta de que la Liga ya está de vuelta en nuestras vidas.

Como una centella han cruzado el calendario los recurrentes días de balances, propósitos de enmienda e ilusiones renovadas, que junto al baile de nombres y la música de la rumorología del mercado de fichajes conforman la coreografía tradicional de cada período estival. Echando mano del recurrente y manido topicazo futbolero, ya “ha empezado lo serio”, aunque a no pocos aficionados les haya pillado todavía en bañador y chanclas. Cuando escribo estas líneas, nos aprestamos a enfrentar la tercera jornada del campeonato y todavía no ha tenido lugar la “operación retorno” de la Dirección General de Tráfico.

Para el Córdoba CF, apenas resuenan ya lejanos los ecos de una temporada, la pasada, que resultó decepcionante en lo deportivo y ciertamente revuelta en lo social, circunstancias ambas que, no obstante, se trataron de reciclar como “experiencia pedagógica”. Y que terminó con la curiosa polémica generada a raíz de la ocurrencia del jovencísimo, y algo inexperto, presidente de la entidad blanquiverde, quien se refirió a sus abonados como “clientes” en un medio televisivo local. Ocasionando un disgusto morrocotudo al cordobesismo, cuya sensibilidad, “para bien o para mal” como se canta cada domingo en El Arcángel, ya debía conocer el bisoño mandatario.

Lo paradójico de esta controversia fue, sin embargo, que no se propició porque el heredero de la dinastía González manifestase algo incierto o errado, ni siquiera incorrecto. De hecho, desde la transformación de los clubes profesionales en sociedades anónimas deportivas los aficionados, que antes eran “socios”, han dejado de formar parte de las mismas, y su relación jurídica con dichas entidades es la de quien paga un precio a cambio de la posibilidad de presenciar los partidos, sin más derecho que ese. En definitiva son, efectivamente, “clientes”, en el sentido estricto y legal del término.

La realidad, aunque a muchos no nos guste, es que el fútbol ya no se “hace”, como antaño, para la gente, sino para los dividendos. Y “eso es lo que hay”, que diría un exconsejero que yo me sé. Pese a ello, los aficionados lo siguen interpretando y viviendo como algo auténtico, una celebración colectiva de la que se sienten verdaderos actores protagonistas y no simples consumidores, o incluso figurantes de un “show” televisivo. Es precisamente ahí, en esa identificación emocional, donde residen a la vez el misterio y la grandeza de este fenómeno de masas llamado fútbol, así como la clave de que el negocio que orbita en torno a él, sustentado en una especie de hipnosis afectiva general o prestidigitación social que mantiene viva la creencia de los seguidores, continúe creciendo año tras año.

Del mismo modo que el éxito de un buen mago ilusionista consiste en no revelar nunca sus trucos, el error de principiante que cometió el joven presidente cordobesista no estuvo en el hecho de llamar a las cosas por su nombre sino, indirectamente, en desvelar la realidad, en desnudar los resortes del encantamiento que congrega cada temporada a la sufrida hueste blanquiverde. Nadie en su sano juicio pensaría que en 1983 el mediático David Copperfield consiguió verdaderamente hacer desaparecer la Estatua de la Libertad, pero su rotundo triunfo estuvo en lograr que los atónitos ojos de cientos de espectadores presentes fuera eso precisamente lo que vieran, o creyeran ver. Lo importante no es “lo que es”, sino lo que parece.

A pesar de todo, será porque la magia del fútbol es mucho más grande que sus propios hechiceros, el cordobesismo ha optado por aparcar, siquiera sea temporalmente, las desconfianzas, recelos y tensiones sociales del ejercicio anterior. Y, fiel a su convicción moral, ajena a los imperantes dogmas mercantiles, un año más se apresta a celebrar el sortilegio del balón en torno a sus colores blanquiverdes.

Tiempo habrá de evaluar los pormenores de la propuesta, aparentemente renovada, del club y de comprobar si el rumbo del nuevo proyecto deportivo consigue arribar a buen puerto. Tenemos para ello toda una temporada por delante. Lo importante, ahora, es que se han encendido de nuevo los focos del escenario y el espectáculo sigue su curso.

Bienvenidos sean, pues, consumidores y clientes de este teatro mágico llamado fútbol.

La ilusión está de vuelta.

 

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